Clan DLAN
Herramientas personales
Clan DLAN
Clan DLAN
Clan DLAN
Clan DLAN
Clan DLAN

Morrowind:Feyfolken II

De Teswiki

Feyfolken, Libro Dos
por Waughin Jarth


Tras realizar el examen y demostrar Vonguldak y Taksim su conocimiento de la conjuración elemental, el Gran Vidente les dijo que tenían el resto del día libre para disfrutarlo. Los dos chavales, que la mayoría de las tardes estaban inquietos por acabar sus lecciones, rehusaron levantarse de sus asientos.

“Nos contaste que después del examen, nos contarías más sobre el relato del escriba y su pluma encantada,” dijo Taksim.

“Ya nos has hablado sobre el escriba, cómo vivía sólo, y las disputas con la secretaria del Templo sobre el Boletín que escribía para ser publicado, y cómo sufría la Plaga Carmesí y no podía hablar. Cuando lo dejaste, su chico de los recados acababa de hacer encantar la pluma de su señor con el espíritu de un daedra llamado Feyfolken,” añadió Vonguldak para refrescar la memoria del Gran Vidente.

“¿Qué ocurre?,” dijo el Gran Vidente. “Estaba pensando en echarme una siesta. Sin embargo, la historia toca algunos temas de las naturalezas de los espíritus y de esa forma está relacionada con la conjuración, así que continuaré.

Thaurbad empezó a usar la pluma para escribir el Boletín del Templo, y había algo sobre la levemente desequilibrada, casi tridimensional calidad de las letras que a Thaurbad le gustaba un montón.

Por la noche, Thaurbad estaba junto al Boletín del Templo de Auri-El. En el momento que pasó sobre la página la pluma Feyfolken, se convirtió en una obra de arte, un iluminado manuscrito hecho de oro, pero con una buena, simple y fuerte lengua vernácula. Los extractos del sermón se leían en verso, a pesar de estar basados en la concienzuda exhortación del sumo sacerdote de la más banal de las doctrinas Alessianas. Las necrológicas de dos de los benefactores principales del Templo eran severas y poderosas, lastimosas y mundanales muertes transformadas en tragedias del más alto nivel. Thaurbad trabajó la paleta mágica hasta casi desfallecer del cansancio. A las seis en punto de la mañana, un día antes de la fecha límite de entrega, le dió el Boletín a Gorgos para que lo llevase a Alfiers, la secretaria del Templo.

Como esperaba, Alfiers nunca escribió una respuesta para alabarle o siquiera comentarle lo pronto que había enviado el boletín. No tenía importancia. Thaurbad sabía que era el mejor Boletín que el Templo había publicado nunca. A la una en punto del Sundas, Gorgos le llevó muchos mensajes.

“El Boletín hoy era tan bonito, cuando lo leí en el vestíbulo, me avergüenzo por decirte que lloré mucho,” escribió el sumo sacerdote.“No creo que haya visto nada que capture la gloria de Auri-El tan magníficamente antes. Las catedrales de Firsthold palidecen en comparación. Amigo mío, Me postro ante el artista más grande desde Gallael.”

El sumo sacerdote era, como la mayor parte de los hombres del clero, propenso a la hipérbole. Aún así, Thaurbad estaba contento con su elogio. Más mensajes siguieron. Todos los Ancianos del Templo y treinta y tres de los jóvenes y viejos feligreses se habían preocupado por enterarse de quíen había escrito el boletín y cómo hacerle llegar un mensaje de felicitación. Y había sólo una persona a la que acudir para obtener dicha información: Alfiers. Imaginar a la dama del dragón acosada por sus admiradores llenó a Thaurbad de alegría positiva.

Aún estaba de buen humor al día siguiente cuando tomó el transbordador para su encuentro con el sanador, Telemichiel. La herbolaria era nueva, una guapa Guardia Roja que trataba de hablar con él, incluso después de darle la nota que decía “Mi nombre es Thaurbad Hulzik y tengo una cita con Telemichiel para las once en punto. Por favor, perdón por no hablar, pero ya no tengo voz.”

“¿Ha empezado ya a llover?” preguntó ella alegremente. “El adivino dijo que podría.”

Thaurbad frunció el ceño y sacudió la cabeza negando airadamente. ¿Por qué todo el mundo pensaba que a las personas mudas les gusta que les hablen? ¿Les gusta a los soldados que pierden sus brazos que les lancen pelotas? No era sin duda alguna un comportamiento resueltamente cruel, pero Thaurbad aún así sospechaba que a algunas personas simplemente les gustaba comprobar que no eran también unos lisiados.

El mismo reconocimiento era un espanto rutinario. Telemichiel realizaba la regular tortura agresiva, todo el tiempo hablando, hablando y hablando.

“Debes intentar hablar de vez en cuando. Esa es la única forma para ver si estás mejor. Si no te sientes cómodo haciéndolo en púbilco, puedes intentar practicarlo por tí mismo,” dijo Telemichiel, sabiendo que su paciente ignoraría su consejo. “Intenta cantar en el baño. Probablemente descubrirás que no suenas tan mal como crees.”

Thaurbad dejó el reconocimiento con la promesa de los resultados de las pruebas en un par de semanas. En el transbordador de vuelta a casa, Thaurbad empezó a pensar en el boletín del templo de la semana siguiente. ¿Qué tal una doble columna en torno al comunicado de la “Última Bandeja de Ofrendas del Domingo”? Poner el sermón en dos columnas en lugar de una podría tener efectos interesantes. Era casi insoportable pensar que no podría ponerse a trabajar en él hasta que Alfiers le enviase información.

Cuando lo hizo, fue con la nota, “EL ÚLTIMO BOLETÍN ESTUVO UN POCO MEJOR. LA PRÓXIMA VEZ, NO USÉIS LA PALABRA 'FORTUITO' EN LUGAR DE 'AFORTUNADO.' LAS PALABRAS NO SON, SI LAS BUSCÁIS, SINÓNIMAS.”

Como respuesta, Thaurbad casi siguió el consejo de Telemichiel gritándole obscenidades a Gorgos. En lugar de eso, se bebió una botella de vino barato, redactó y envió una respuesta adecuada, y cayó dormido en el suelo.

La mañana siguiente, tras un largo baño, Thaurbad empezó a trabajar en el Boletín. Su idea de poner un leve efecto de sombra en la sección de “Comunicados Especiales” tenía un asombroso efecto en cuanto a la textura. Alfiers siempre odiaba los adornos extra que añadía a los bordes, pero usando la pluma Feyfolken, parecían extrañamente poderosos y majestuosos.

Gorgos se presentó ante él con un mensaje de Alfiers en ese mismo instante como si respondiese a sus pensamientos. Thaurbad lo abrió. Simplemente decía, “LO SIENTO.”

Thaurbad siguió trabajando. A la nota de Alfiers que apartó de su mente, seguramente que pronto la seguiría el mensaje completo “SIENTO QUE NADIE NUNCA OS DIJERA CÓMO MANTENER LOS MÁRGENES DERECHO E IZQUIERDO DE IGUAL LONGITUD” o “SIENTO QUE NO PODAMOS CONSEGUIR MÁS QUE A UN EXCÉNTRICO Y VIEJO HOMBRE PARA ESCRIBIR NUESTRO BOLETÍN.” No importaba sobre qué lo sentía. Las columnas de las notas del sermón se alzaban como sólidos pilares de rosas, culminados con desvergonzados y recargados encabezamientos. Las necrológicas y los comunicados de nacimientos fueron enmarcados juntos con un borde esférico, como una desgarradora proclamación del ciclo de la vida. El Boletín era a la vez efusivo y especial. Era una obra maestra. Cuando la envió a Alfiers aquella tarde, sabía que lo odiaría, y estaba contento.

Thaurbad se sorprendió de recibir un mensaje del Templo el Loredas. Antes de leer el contenido, podía asegurar por el estilo que no era de Alfiers. La letra no era del habitual y beligerante estilo mordaz de Alfiers, y no estaba todo en letras mayúsculas, como era usual en ella, que parecían un grito desde la Inconsciencia.

“Thaurbad, pensaba que deberías saber que Alfiers ya no está en el Templo. Dejó su puesto ayer, muy repentinamente. Mi nombre es Vanderthil, y he tenido bastante suerte (déjame admitirlo ahora, imploré lastimosamente) de ser tu nuevo contacto del Templo. Estoy abrumada por tu genialidad. Tenía una crisis de fé hasta que leí el Boletín de la semana pasada. El Boletín de esta semana es un milagro. Suficiente. Simplemente quería decir que me honra trabajar contigo. -- Vanderthil.”

La respuesta del Sundas tras el servicio incluso sorprendió a Thaurbad. El sumo sacerdote atribuyó el masivo incremento en cuanto a la asistencia y la recaudación de las bandejas de ofrendas enteramente al Boletín. El salario de Thaurbad fue cuadruplicado. Gorgos le llevó unos ciento veinte mensajes de su admirado público.

La semana siguiente, Thaurbad se sentó frente a su escritorio, con un vaso de excelente aguamiel Torvali, mirando fijamente el pergamino en blanco. No tenía ideas. El Boletín, su niño, su segunda esposa, le aburría. Los sermones de tercera del arzobispo eran un anatema absoluto, y las muertes y nacimientos de los patrones del Templo le parecieron totalmente insustanciales. Bla bla, pensaba mientras escibía en el pergamino.

Sabía que había escrito las letras B-L-A B-L-A. Las palabras que aparecían en el pergamino eran, “Un collar de perlas en un blanco cuello.”

Garabateó una linea angulosa de un lado a otro del pergamino. Apareció a través de la maldita y hermosa pluma Feyfolken: “Gloria a Auri-El.”

Thaurbad golpeó ruidosamente la pluma y la poesía se vertió con un chorro de tinta. Raspó el pergamino, manchándolo todo de tinta, y las palabras tapadas brotaron de forma distinta, incluso más exquisitas que antes. Cada borrón y salpicadura provocaba que el documento se arremolinase como un caleidoscopio antes de caer juntas en una maravillosa asimetría. No había nada que pudiese hacer para arruinar el Boletín. Feyfolken había tomado el control. Él era un lector, no un autor.

""Ahora,” preguntó el Gran Vidente. “¿Qué era Feyfolken según vuestro conocimiento de la Escuela de la Conjuración?”

“¿Qué ocurrió después?” gritó Vonguldak.

“Primero, decidme qué era Feyfolken, y entonces continuaré con la historia.”

“Dijiste que era un daedra,” dijo Taksim. “Y parecía tener algo que ver con la expresión artística. ¿Era Feyfolken un servidor de Azura?”

“Pero el escriba podía haber estado imaginándoselo todo,” dijo Vonguldak. “Quizás Feyfolken es un servidor de Sheogorath, y él se volvió loco. O lo que escribe la pluma hace que todo el mundo que lo ve, como toda la congregación del Templo de Auri-El, se vuelva loco.”

“Hermaeus Mora es el daedra del conocimiento ... y Hircine es el daedra de lo salvaje... y el daedra de la venganza es Boethiah,” reflexionó Taksim. Y entonces sonrió, “Feyfolken es un servidor de Clavicus Vile, ¿verdad?”

“Muy bien,” dijo el Gran Vidente. “¿Cómo lo supiste?”

“Es su estilo,” dijo Taksim. “Asumir que él no quiere el poder de la pluma ahora que lo tiene. ¿Qué ocurrió después?”

“Os lo contaré,” dijo el Gran Vidente y continuó el relato.