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Morrowind:La Auténtica Barenziah: v. I

De Teswiki

La Auténtica Barenziah, Primera Parte
Anónimo


Hace quinientos años en Mournhold, Ciudad de Gemas, vivía una viuda invidente y su único hijo, un alto y fornido joven. Era minero, como su padre antes que él, un obrero común en las minas del Lord de Mournhold, pues su aptitud para la magia era pequeña. El trabajo era honorable pero estaba mal pagado. Su madre hacía y vendía pasteles de bayas en el mercado de la ciudad para aumentar mínimamente la economía familiar. Ella decía que tenían bastante, que tenían lo suficiente como para llenar sus barrigas, nadie podía llevar más de una vestimenta a la vez, y el tejado sólo goteaba cuando llovía. Pero Symmachus deseaba tener algo más. Tenía la esperanza de dar un golpe en las minas, que le permitiese obtener un gran sobresueldo. En sus ratos libres disfrutaba tomando cervezas amargas en la taberna con sus amigos, y jugando a las cartas. También se le iban los ojos y las miradas a más de una bella muchacha Elfa, aunque ninguna le matenía interasado por mucho tiempo. Era un típico joven Elfo Oscuro de origen campesino, notorio sólo por su tamaño. Se rumoreaba que sangre Nórdica corría por sus venas.

El año que Symmachus cumplía treinta años, hubo una gran alegría en Mournhold-el Lord y la Dama habían tenido una niña. ¡Una Reina, cantaba la gente, ha nacido nuestra Reina! Entre la gente de Mournhold, el nacimiento de un heredero es un signo seguro de futura paz y prosperidad.

Cuando llegó el día del real Rito del Bautizo de la niña, las minas se cerraron y Symmachus corrió a casa para bañarse y vestirse con sus mejores ropas. “Me apresuraré para llegar a casa y contártelo todo,” prometió a su madre, que no podía ir. Había estado enferma, y además habría una gran muchedumbre pues todo Mournhold se había esforzado para tomar parte en el bienaventurado evento; y siendo ciega no podría ver nada de todas formas.

“Hijo mío,” dijo. “Antes de irte, ve a buscar un sacerdote o un sanador para mí, mas podría pasar del plano mortal antes de que vuelvas.”

Symmachus se acercó a su camastro enseguida y notó con preocupación que su frente estaba muy caliente y su respiración apenas era perceptible. Sacó a la fuerza una tablilla del suelo de madera bajo la cual guardaban sus pequeños ahorros. Ni siquiera había suficiente para pagar al sacerdote por la curación. Tendría que dar lo que tenían y adeudar el resto. Symmachus agarró su manto y se fue corriendo.

Las calles estaban llenas de paisanos que se apresuraban hacia el bosque sagrado, pero los templos estaban cerrados y con rejas. “Cerrado por la ceremonia,” rezaban todos los carteles.

Symmachus se abrió camino a codazos a través de la multitud y logró dar alcance a un sacerdote vestido de marrón. “Después del rito, hermano,” dijo el sacerdote, “Si tienes oro atenderé gustosamente a tu madre. Milord ha ordenado que asistan todos los clérigos-y yo, por cierto, no tengo deseo alguno de ofenderle.”

“Mi madre está muy enferma,” imploró Symmachus. “Seguramente que Milord no echará de menos a un simple sacerdote.”

“Cierto, pero sí me echaría de menos el Canónigo Supremo,” djo nerviosamente el sacerdote, zafándose del desesperado Symmachus y perdiéndose entre la multitud.

Symmachus lo intentó con otros sacerdotes, e incluso con algún que otro mago, pero no obtuvo mejores resultados. Los guardias armados marchaban a través de la calle y le echaron a un lado con sus lanzas, y Symmachus se dió cuenta de que la comitiva real se estaba aproximando.

Mientras el carruaje que llevaba a los gobernantes de la ciudad se acercaba, Symmachus se salió de entre la muchedumbre y gritó, “¡Milord, Milord! ¡Mi madre se está muriendo-!”

“¡Le prohibo hacer tal cosa esta gloriosa noche!” gritó el Lord, riéndose y tirando unas monedas a la multitud. Symmachus estaba lo suficientemente cerca como para oler el aliento a vino. En la otra parte del carruaje su Dama aferraba el bebé contra su pecho, y miró fijamente con los ojos entreabiertos a Symmachus, con gesto de desprecio.

“¡Guardias!” gritó ella. “Llévense a este zoquete.” Firmes brazos agarraron a Symmachus. Fue golpeado y le dejaron aturdido a un lado de la calle.

Symmachus, con dolor de cabeza, siguió tras el gentío y presenció el Rito del Bautizo desde lo alto de una colina. Pudo ver a los clérigos vestidos de marrón y a los magos de azul reunidos junto a la aristocracia allá abajo.

Barenziah.

El nombre le llegó débilmente a Symmachus cuando el Alto Sacerdote levantó al bebé y lo ofreció a las lunas gemelas en cada lado del horizonte: Jone saliendo, Jode poniéndose.

“Contemplad a la Dama Barenziah, nacida en las tierras de Mournhold! Concededle vuestro consejo y bendiciones, vosotros amables dioses, que ella pueda siempre regir bien Mournhold, su conocimiento y su prosperidad, sus parientes e iguales.”

“Bendecidla, bendecidla,” entonó todo el mundo junto a su Lord y su Dama, con las manos levantadas.

Sólo Symmachus se mantuvo en silencio, con la cabeza gacha, sabiendo que su querida madre estaba muerta. Y en silencio hizo un potente juramento-él sería la maldición de su Lord, y en venganza por la muerte sin sentido de su madre, la niña Barenziah se convertiría en su propia novia, y así el nieto de su madre habría de nacer para gobernar Mournhold.


Tras la ceremonia, miró impasible cómo la comitiva real volvía a palacio. Vió al sacerdote con el que había hablado primero. El hombre vino ahora bastante amable a por el oro que tenía Sym­machus, y la promesa de más después.

Encontraron a su madre muerta.

El sacerdote suspiró y se guardó la bolsa de monedas de oro. “Lo siento, hermano. Está bien, puedes olvidarte del resto del dinero, no hay nada que pueda hacer aquí. Probablemente-”

“¡Devuélveme mi dinero!” gruñó Symmachus. “¡No has hecho nada para ganártelo!” Levantó su brazo derecho amenazantemente.

El sacerdote retrocedió, para proferir una maldición, pero Symmachus le cruzó la cara antes de que pudiese haber dicho más de tres palabras. Se derrumbó pesadamente, dando con la cabeza bruscamente en una de las piedras que formaban la hoguera. Murió al instante.

Symmachus le arrebató el oro y huyó de la ciudad. Mientras corría, mascullaba una palabra una y otra vez, como el cántico de un brujo. “Barenziah,” decía. “Barenziah. Barenziah.”


Barenziah estaba en uno de los balcones de palacio, con la mirada fija en el patio donde los soldados entrenaban, encandilada por sus armaduras. En poco tiempo formaron en filas ordenadas y aclamaron a sus padres, el Lord y la Dama, que salieron de palacio, ataviados de pies a cabeza con armaduras de ébano y con mantos de piel teñidos de púrpura ondeando al viento. Esplendorosamente enjaezados, les llevaron radiantes caballos negros, que montaron y cabalgaron hasta las puertas del patio, volviéndose para saludar.

“¡Barenziah!” gritaron. “¡Nuestra bien amada Barenziah, adiós!”

La niña enjugó sus lágrimas y batió una de sus manos con brío, a su animal favorito, un lobezno gris que llamaba Wuffen, lo tenía aferrado contra su pecho con la otra mano. Nunca había estado alejada de sus padres antes y no tenía ni idea de por qué, salvo que había una guerra en el oeste y el nombre de Tiber Septim estaba en boca de todos, del que hablaban con odio y temor.

“¡Barenziah!” gritaron los soldados, alzando sus lanzas, espadas y arcos. Entonces sus queridos padres se volvieron y marcharon, con los caballeros tras ellos, hasta que el patio estuvo casi vacío.


Tiempo después, un día, la niñera, despertó a sacudidas a Barenziah, la vistió rápidamente, y se la llevó de palacio.

Todo lo que podía recordar de aquellos días era ver una enorme sombra de ojos fulgentes extendiéndose en el cielo. Pasó de unas manos a otras. Soldados extranjeros aparecían, desaparecían, y a veces reaparecían. Su niñera desapareció y fue reemplazada por extraños, algunos más extraños que otros. Pasaron días, o pudieron ser semanas, de viaje.

Una mañana se levantó para salir de la carroza y entrar en un frío palacio con un gran castillo de piedra gris en medio de la nada, interminables colinas verdes grisáceas cubiertas parcialmente por nieve de color blanco grisáceo. Sujetó a Wuffen contra su pecho con las dos manos, desconcertada y temblorosa ante el gris amanecer, sintiéndose muy pequeña y muy oscura en todo este espacio interminable, este interminable espacio blanco grisáceo.

Ella y Hana, una doncella de piel oscura y pelo negro que había viajado con ella varios días, entraron en el torreón. Una vasta mujer blanca grisácea de gélido pelo gris dorado estaba junto a una chimenea en una de las habitaciones. Miró fijamente a Barenziah con sus horribles y brillantes ojos azules.

“¿Es muy -- negra, verdad?” comentó a Hana la mujer. “Nunca había visto un Elfo Oscuro antes.”

“Yo tampoco sé mucho de ellos, Milady,” dijo Hana. “Pero esta tiene el pelo rojo y un temperamento difícil, se lo puedo asegurar. Tenga cuidado. Muerde. Y cosas peores.”

“Pronto la alejaré de tales conductas,” dijo la otra mujer sorbiendo. “¿Y qué es esa cosa asquerosa que lleva? ¡Ugh!” La mujer le arrebató a Wuffen y lo tiró a la chimenea encendida.

Barenziah pegó un alarido y se habría lanzado tras él, pero fue agarrada a pesar de sus intentos de morder y arañar a sus secuestradoras. El pobre Wuffen quedó reducido a un pequeño montón de carbonizada ceniza.


Barenziah creció como una mala hierba transplantada a un jardín de Skyrim, una protegida del Conde Sven y su mujer la Señora Inga. Externamente, así es, como prosperó -- pero siempre hubo un frío y vacío lugar en su interior.

“La he criado como a mi propia hija,” la Señora Inga tenía la costumbre de decir con un suspiro cuando se sentaba a cotillear con las vecinas que iban a visitarla. “Pero es una Elfa Oscura. ¿Qué se puede esperar?”

Barenziah no estaba lo suficientemente cerca como para oír estas palabras. Al menos eso pensaba ella. Su oído era más agudo que el de su anfitriones Nórdicos. Otros rasgos menos atractivos de los Elfos Oscuros incluían evidentemente el rateo, la mentira y un poquito de magia, un pequeño hechizo de fuego aquí y otro de levitación allá. Y, cuando se hizo mayor, un vivaz interés en los chicos y los hombres, quiénes podían proporcionarle sensaciones muy placenteras -- así como obsequios y agasajos para su asombro. Inga desaprobaba ésto por razones incomprensibles para Barenziah, así que fue cuidadosa manteniéndolo tan oculto como le fue posible.

“Ella es maravillosa con los niños,” añadía Inga, refiriéndose a sus cinco hijos, todos menores que Barenziah. “No creo que nunca permita que les hagan daño.” Contratamos un tutor cuando Jonni tenía seis años y Barenziah ocho, y recibían juntos sus lecciones. Le hubiese gustado entrenarse en las armas también, pero éllo escandalizaba al Conde Sven y a la Señora Inga. Así que a Barenziah le dieron un pequeño arco y le permitieron jugar a apuntar y disparar con los chicos. Ella les observaba en su entrenamiento con las armas cuando podía, entrenándose con ellos cuando ningún adulto estaba presente, y sabía que era tan buena o mejor que ellos.

“Es muy... orgullosa, sin embargo, ¿verdad?” susurraba una de las damas a Inga; y Barenziah, haciendo como que no escuchaba, asintía en silencio con la cabeza. No podía evitarlo pero se sentía superior al Conde y a su Señora. Había algo en ellos que le inspiraba menosprecio.

Más adelante llegó a saber que Sven e Inga eran parientes lejanos de los pasados moradores de la Guarida Darkmoor, y finalmente lo entendió todo. Eran presumidos, impostores, en absoluto gobernantes. Al menos, no se les educó para gobernar. Este pensamiento le hizo estar peculiarmente furiosa con ellos, un limpio y puro odio bastante alejado del resentimiento. Llegó a verles como repugnantes y repelentes insectos que podía odiar hasta la muerte pero nunca temer.


Una vez al mes un correo llegaba de parte del Emperador, trayendo una pequeña bolsa de oro para Sven e Inga y una gran bolsa de hongos desecados para Barenziah, su comida favorita. En estas ocasiones, siempre hacía por estar presentable - o al menos tan presentable como una flacucha Elfa Oscura podía estar a los ojos de Inga - antes de ser llamada por el correo para una breve entrevista. Rara vez el mismo correo venía dos veces, pero todos ellos la miraban de la misma forma que un granjero podía mirar a un cerdo que estuviese preparando para vender en el mercado.

En la primavera de su decimosexto cumpleaños, Barenziah pensó que el correo la observaba como si estuviese por fin preparada para venderla en el mercado.

Reflexionando, decidió que no deseaba que la pusiesen en venta. El chico de los establos, Straw, un grande y musculado muchacho rubio, torpe, noble, afectivo, y bastante simple, la había estado incitando a escapar desde hacía unas semanas. Barenziah robó la bolsa de dinero que había dejado el correo, cogió los hongos del almacén, se disfrazó de chico con una de las viejas túnicas de Jonni y un par de sus pantalones desechados... y una agradable noche de primavera ella y Straw cogieron los dos mejores caballos del establo y cabalgaron durante la noche hacia Whiterun, la ciudad importante más cercana y el lugar dónde Straw quería estar. Pero Mournhold y Morrowind también estaban hacia el este y atrajeron a Barenziah como un imán atrae el hierro.

Por la mañana abandonaron los caballos ante la insistencia de Barenziah. Ella sabía que podían cometer errores y ser localizados, y tenía la esperanza de evitar a cualquier perseguidor continuando a pie.

Siguieron caminando hasta muy avanzada la tarde, tratando de evitar los caminos, y durmieron varias horas en una choza abandonada. Partieron al anochecer y llegaron a las puertas de la ciudad de Whiterun justo antes del amanecer. Barenziah había preparado un pase de mala calidad para Straw, un documento improvisado enunciando un encargo para un templo en la ciudad de un lord de un pueblo local. Ella se deslizó por encima del muro con la ayuda de un hechizo de levitación. Había razonado - correctamente, mientras llegaban - que para entonces los guardias de la puerta habrían sido avisados de que una joven Elfa Oscura y un chico Nórdico viajaban juntos. Por otro lado, palurdos lugareños como Straw viajando sólos era algo bastante común. Sólo y sin papeles, era improbable que llamase la atención.

Su simple plan funcionó a la perfección. Se reunió con Straw en el templo, que no estaba lejos de la puerta; ella había estado en Whiterun varias veces. Straw, sin embargo, nunca había estado a más de unas pocas millas de la propiedad de Sven, que era su lugar de nacimiento.

Juntos se encaminaron a posada calle abajo en los cantones más pobres de Whiterun. Con guantes, capa, y capucha para resguardarse del frío matutino, la piel oscura y los ojos rojos de Barenziah no eran apreciables y nadie le prestó atención alguna. Entraron en la posada por separado. Straw pagó al posadero por un simple cubículo, una inmensa comida, y dos jarras de cerveza amarga. Barenziah entró sigilosamente unos minutos más tarde.

Comieron y bebieron juntos jovialmente, regocijándose en su escapada, e hicieron el amor con ardor en el estrecho catre. Más tarde se sumieron en un rendido sueño.


Se quedaron una semana en Whiterun. Straw ganó algo de dinero haciendo recados y Barenziah desvalijó algunas casas durante la noche. Siguió vistiéndose como un chico. Se cortó el pelo y tintó sus mechones de color rojo fuego de azabache para hacer su disfraz más creíble, y pasar lo más desapercibida posible. Había unos cuantos Elfos Oscuros en Whiterun.

Un día Straw consiguió un trabajo para ambos como guardias temporales de una caravana de mercaderes viajando hacia el este. El sargento manco la miró de forma sospechosa.

“Eh,” rió él nerviosamente, “Elfo Oscuro, ¿no es así? Como poner a un lobo guardando a la oveja, eso es. Aún así, os necesito, y no vamos a estar tan cerca de Morrowind como para que nos vendáis a vuestros amigos. Nuestros propios bandidos tan de buena gana como yo os cortarían vuestra garganta.”

El sargento se volvió para echar un vistazo a Straw. Entonces se giró bruscamente hacia Barenziah, blandiendo su espada corta. Pero ella sacó su daga en un abrir y cerrar de ojos en actitud defensiva. Straw sacó su propia navaja y se deslizó hasta ponerse tras el hombre. El sargento tiró su espada y volvió a reírse nerviosamente.

“No está mal, chicos, no está mal. ¿Cómo te defiendes con un arco, Elfo Oscuro?” Barenziah le demostró pronto su habilidad. “Sí, no está mal, no está mal del todo. Y tendrás una aguzada visión por la noche, chico, además de un gran oído. Un leal Elfo Oscuro es tan buen luchador como cualquiera pueda desear. Lo sé. Serví bajo las órdenes del propio Symmachus hasta que perdí este brazo y, inválido, me expulsaron de las tropas del Emperador.”

“Podríamos venderles. sé quién nos pagaría bien,” dijo Straw más tarde se acostaban por última vez en su ruinoso alojamiento. “O robarles. Son muy ricos, esos mercaderes, Churri.”

Barenziah se rió. “¿Qué haríamos con tanto dinero? Y además, necesitamos su protección para viajar tanto como ellos la nuestra.”

“Podríamos comprar una pequeña granja, tú y yo, Churri -- y establecernos, ¿qué te parece?”

¡Campesinos! pensó Barenziah con desprecio. Straw era un campesino y no albergaba más que sueños de campesino. Pero todo lo que dijo fue, “Aquí no, Straw, aún estamos demasiado cerca de Darkmoor. Tendremos otras oportunidades más al este.”


La caravana no llegó más al este de Sunguard. El Emperador Tiber Septim I había hecho mucho para hacer relativamente seguros y regularmente patrullados los caminos principales. Pero los aranceles eran altos, y esta caravana en particular viajó por los caminos secundarios tanto como le fue posible para evitar pagarlos. Esto les expuso a la amenaza de los bandoleros, tanto humanos como Orcos, y bandas de bandidos ambulantes de diversas razas. Pero esos son los riesgos del comercio y los beneficios.

Tuvieron dos de esos encuentros antes de alcanzar Sunguard -- una emboscada en la cual el agudo oído de Barenziah les alertó con tiempo suficiente para rodear y sorprender a los asaltantes, y un ataque nocturno de una banda mixta de Khajiitas, humanos, y Elfos del Bosque. Los últimos fueron una banda experta y ni siquiera Barenziah les oyó esconderse a tiempo para dar la alarma. Esta vez la lucha fue encarnizada. Los asaltantes huyeron, pero dos guardias de la caravana murieron y Straw recibió un sucio corte en el muslo antes de que lograsen rajar la garganta de su agresor Khajiita.

Barenziah gozaba en cambio de la vida. El locuaz sargento había empezado a simpatizar con ella, y ella pasaba la mayoría de las noches sentada junto a la hoguera escuchando los relatos de sus campañas en Morrowind con Tiber Septim y el General Symmachus. Este Symmachus llegó a general tras la caída de Mournhold, dijo el sargento. “Es un excelente soldado, chico, Symmachus lo es. Aunque hubo algo más complejo en la tropa que la ocupación de Morrowind, si me entiendes. Pero, bueno, ya sabrás todo sobre eso, supongo.”

“No. No, no lo recuerdo,” dijo Barenziah, tratando de parecer indiferente. “He vivido la mayoría de mi vida en Skyrim. Mi madre se casó con un hombre de Skyrim. Aunque los dos están muertos. Cuénteme, ¿qué les pasó al Lord y la Dama de Mournhold?”

El sargento se encogió de hombros. “Nunca lo he sabido. Murieron, supongo. Hubo un montón de luchas tras firmarse el Armisticio. Todo está bastante tranquilo ahora. Quizás demasiado tranquilo. Como la calma después de una tormenta. Dime, chico, ¿vas a volver allí?”

“Quizá,” dijo Barenziah. La verdad era que se veía irresistiblemente atraída por Morrowind, y Mournhold, como una polilla a una luz. Straw se dió cuenta y fue infeliz por éllo. Él estaba triste comoquiera que no podía dormir con ella, pues se suponía que era un chico. Barenziah también lo echaba bastante de menos, pero no tanto como Straw, al parecer.

El sargento los quería con él para el viaje de vuelta, aunque les dió una prima a pesar de todo cuando declinaron la oferta, así como pergaminos de recomendación.

Straw quería asentarse permanentemente junto a Sunguard, pero Barenziah insistió en continuar su viaje hacia el este. “Soy la Reina de Mournhold por derecho,” decía, insegura de si era cierto -- ¿o era una fantasía que se había inventado cual perdido y desconcertado niño? “Quiero ir a casa. Necesito ir a casa.” Al menos eso era cierto.


Tras unas semanas consiguieron enrolarse en otra caravana que se dirigía hacia el este. Con los primeros días de invierno llegaron a Rifton, junto a la frontera de Morrowind. Pero el clima se había hecho más severo conforme pasaron los días y les comunicaron que ninguna otra caravana partiría hasta que llegase la primavera.

Barenziah se paró en lo alto de los muros de la ciudad y miró a través del profundo barranco que separaba Rifton de la montaña nevada tras la que se encontraba Morrowind.

“Churri,” dijo cariñosamente Straw. “Aún queda un largo camino hasta Mournhold, casi la mitad de la distancia que ya hemos recorrido. Y las regiones que hemos de cruzar son salvajes, están llenas de lobos, bandidos, Orcos y criaturas todavía peores. Tenemos que esperar hasta la primavera.”

“Allí está el Torreón Silgrod,” dijo Barenziah, refiriéndose a la pequeña ciudad de Elfos Oscuros que se había formado en torno a un antiguo minarete protegiendo la frontera entre Skyrim y Morrowind.

“Los guardias del puente no me dejarán cruzar, Churri. Son tropas Imperiales de élite. No podemos sobornarles. Si vas, vas sola. No intentaré detenerte. ¿Pero qué harás? El Torreón Silgrod está lleno de soldados Imperiales. ¿Te harás pasar por una lavandera? ¿O por un fiel?”

“No,” dijo pausadamente Barenziah, con aire pensativo. En realidad la idea no era del todo mala. Estaba segura de que podría vivir modestamente durmiendo con los soldados. Había vivido unas cuantas aventuras de ese tipo mientras cruzaba Skyrim, cuando se quitaba el disfraz de hombre y se escabullía de Straw. Sólo había buscado algo de variedad. Straw era dulce pero aburrido. Se sorprendió, aunque le agradó en grado sumo, cuando el hombre que había elegido le ofrecía dinero después. Straw estaba triste por ello, aunque, la habría gritado y estaría enfadado con ella durante días si la hubiese pillado. Era bastante celoso. Incluso la había amenazado con dejarla. Aunque nunca lo hizo. Ni pudo.

Pero los Guardias Imperiales eran sin lugar a dudas un lote tosco y brutal, y Barenziah había oído algunas historias muy desagradables durante su prolongado viaje. Las más desagradables de todas con diferencia le había llegado de los labios de veteranos ex-soldados junto a la hoguera del campamento, que las contaban con orgullo. Habían intentado escandalizarla a ella y a Straw, se dió cuenta- aunque también comprendió que había algo de cierto en los salvajes relatos. Straw odiaba aquellos sucios temas de conversación, y aún más que ella tuviese que oírlos. Aunque había una parte de él que estaba fascinada a pesar de todo.

Barenziah notó ésto y había animado a Straw a buscar otras mujeres. Pero él decía que no quería a nadie que no fuese ella. Le contó sinceramente que no sentía lo mismo por él, pero que él le gustaba más que ningún otro. “¿Entonces por qué te vas con otros hombres?” Le inquirió Straw en una ocasión.

“No lo sé.”

Straw suspiró. “Dicen que las Elfas Oscuras son así.”

Barenziah sonrió y se encogió de hombros. “No lo sé. O, no ... quizá sí. Sí, lo sé.” Se volvió y le besó cariñosamente. “Supongo que esa es la explicación.”