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Morrowind:La Auténtica Barenziah: v. II

De Teswiki

La Auténtica Barenziah, Segunda Parte
Anónimo


Barenziah y Straw se instalaron en Rifton durante el invierno, alquilando una habitación asequible en la parte más sórdida de la ciudad. Barenziah quiso unirse al Gremio de Ladrones, sabiendo que tendría problemas si la pillaban robando por su cuenta. Un día en una cantina le echó el ojo a un conocido miembro del Gremio, un prominente joven Khajiita llamado Therris. Ella le ofreció acostarse con él a cambio de que la patrocinase como miembro. Él la inspeccionó, sonriendo abiertamente, y aceptó, pero dijo que aún tendría que pasar una iniciación.

“¿Qué clase de iniciación?”

“Ah,” dijo Therris. “El pago primero, dulzura.”

[Esta parte del libro ha sido censurado por orden del Templo.]

Straw iba a matarla, y quizás a Therris también. ¿Qué en Tamriel la había poseído para hacer tal cosa? Ella echó un receloso vistazo a la habitación, pero los otros clientes habían perdido el interés y volvieron a sus propios asuntos. No reconocía a ninguno de ellos; ésta no era la posada donde ella y Straw estuvieron. Con suerte pasaría un tiempo, o puede que ni siquiera Straw la encontrase.


Therris era con mucho el hombre más excitante y atractivo que había conocido. No sólo le habló acerca de las aptitudes que necesitaba para ser una miembro del Gremio de Ladrones, sino que además la entrenaba él mismo o bien le presentaba a la gente que podría instruirla.

Entre éstos había una mujer que sabía algo de magia. Katisha era una regordeta y matronal Nórdica. Estaba casada con un herrero, tenía dos hijos adolescentes, y era perfectamente normal y respetable--excepto que era muy aficionada a los gatos (y por deducción lógica, a sus equivalentes humanoides los Khajiitas), tenía un don para ciertos tipos de magia, y tenía amigos bastante raros. Enseñó a Barenziah un hechizo de invisibilidad y la instruyó en las artes del sigilo y la ocultación. Katisha mezclaba libremente aptitudes mágicas y no mágicas, utilizando unas para realzar las otras. Ella no era miembro del Gremio de Ladrones pero Therris la quería como a una madre. Barenziah la llegó a apreciar como a ninguna mujer en su vida, y tras un tiempo con ella le contó toda su historia.

También llevaba a Straw allí a veces. Straw aceptaba a Katisha. Pero no a Therris. Therris encontraba a Straw “Interesante” y sugirió a Barenziah que podrían formar un “trío.”

“Ni en tus sueños,” dijo firmemente Barenziah, aliviada porque Therris se lo había propuesto en privado. “A él no le gustaría. ¡A mí no me gustaría!”

Therris sonrió de manera encantadora, con su triangular sonrisa felina y se repantigó perezosamente en su silla, estirando sus extremidades y encrespando su rabo. “Podríais sorprenderos. Los dos. El apareamiento es tan aburrido.”

Barenziah le contestó con una mirada furiosa.

“O quizás no te gustase con ese pueblerino paleto tuyo, dulzura. ¿Qué te parecería si trajese a un amigo?”

“Sí, claro. Si te aburres conmigo, tú y tu amigo podéis buscaros a otra.” Ella ya era miembro del Gremio de Ladrones. Había pasado su iniciación. Encontraba a Therris de utilidad pero no esencial. Quizá también estaba aburrida de él.


Habló con Katisha acerca de sus problemas con los hombres. O lo que ella pensaba que eran problemas con ellos. Katisha sacudió la cabeza y le dijo que ella lo que buscaba era amor, no sexo, que en el momento que encontrase el hombre adecuado ella lo sabría, que ni Straw ni Therris eran los hombres de su vida.

Barenziah echó la cabeza a un lado inquisitivamente. “Dicen que las Elfas Oscuras son pro-- pro-- algo. ¿Prostitutas?” dijo, aunque poco segura.

“Quieres decir promiscuas. Aunque algunas llegan a hacerse prostitutas, supongo,” dijo Katisha reflexionando. “Los Elfos son promiscuos en su juventud. Pero superarás esa etapa. Quizá ya estés empezando,” añadió con optimismo. Le gustaba Barenziah, había llegado a encariñarse con ella. “Aunque has de conocer algunos agradables Elfos. Si sigues manteniendo la compañía de Khajiitas y humanos y te sigues acostando con ellos, cuando te quieras dar cuenta estarás embarazada.”

Barenziah sonrió involuntariamente ante la idea. “Me gustaría. Creo. Pero no sería conveniente, ¿verdad? Los niños traen un montón de problemas, y ni siquiera tengo una casa propia todavía.”

“¿Cuántos años tienes, Barenziah? ¿Diecisiete? Bien, aùn te queda un año o dos para ser fértil, a menos que tengas muy mala suerte. Los elfos no tienen hijos con facilidad con otros Elfos después de eso, incluso, así que no tendrás problemas si lo haces con ellos.”

Barenziah recordó algo más. “Straw quiere comprar una granja y casarse conmigo.”

“¿Eso es lo que tú quieres?”

“No. Aún no. Quizás algún día. Si, más adelante. Pero no si no puedo ser reina. Y no una reina cualquiera. La Reina de Mournhold.” Barenziah dijo ésto resueltamente, casi con obcecación, como si se hubiesen disipado todas sus dudas.

Katisha optó por ignorar este último comentario. Estaba entretenida con la imaginación hiperactiva de la chica, lo tomó como un signo de cordura. “Creo que Straw será muy viejo cuando llegue el día en que tú estés preparada para hacer lo que él quiere, Barenziah. Los elfos viven mucho tiempo.” El rostro de Katisha mostró brevemente la envidiosa y triste mirada que los humanos tienen cuando contemplan el millar de años de vida que los dioses otorgaron a los Elfos. Cierto, aunque pocos llegan a vivir tanto debido a la enfermedad y la violencia que les rodea. Aunque podrían. Y uno o dos de ellos lo lograron.

“También me gustan los hombres,” dijo Barenziah.

Katisha se rió. Barenziah se movía inquietamente mientras Therris ponía en orden los papeles del escritorio. Estaba siendo meticuloso y metódico, colocando todo cuidadosamente tal y como se lo había encontrado.

Habían irrumpido en la casa de un noble, dejando a Straw vigilando fuera. Therris había dicho que era un trabajo fácil pero muy confidencial. Ni siquiera había querido llevar a ningún miembro del Gremio. Dijo que podía fiarse de Barenziah y Straw, pero de nadie más.

“Dime lo que estás buscando y lo encontraré,” susurró imperativamente Barenziah. La visión nocturna de Therris no era tan buena como la suya y él no quería que utilizase la magia, ni siquiera un pequeño orbe de luz.

Nunca había estado en un lugar tan lujoso. Ni siquiera el castillo Darkmoor del Conde Sven y la Señora Inga donde había pasado su niñez se le podía comparar. Lo estuvo contemplando maravillada mientras se abrían camino a través de las habitaciones vistosamente decoradas e inmensas del piso de abajo. Pero Therris no parecía interesado en nada más que el escritorio del pequeño estudio repleto de libros del piso de arriba.

“Ssss,” siseó enfadado.

“¡Alguien se acerca!” dijo Barenziah, un momento antes de que la puerta se abriese y dos figuras en penumbra entrasen en la habitación. Therris dió un violento empujón a Barenziah y saltó por la ventana. Los músculos de la chica estaban rígidos; no podía moverse ni hablar. Vió con impotencia cómo una de las figuras, la más pequeña, se lanzó de un salto tras Therris. Hubo dos rápidos y silenciosos navajazos de luz azul, y Therris se retorció haciéndose un ovillo en el suelo.

Fuera del estudio la casa se había llenado de apresuradas pisadas y voces dando la alarma y el sonido de armaduras puestas con apremio.

El hombre más grande, un Elfo Oscuro por su aspecto, arrastraba a Therris hacia la puerta y se lo pasaba a otro Elfo. Con un gesto con la cabeza el primer Elfo ordenó a su compañero más pequeño vestido de azul que se pusiese tras él. Entonces se acercó para examinar a Barenziah, que ahora era capaz de moverse aunque su cabeza se sacudía alocadamente cuando lo intentó.

“Abre tu camisa, Barenziah,” dijo el Elfo. Barenziah le miró atontada y agarró su camisa. “¿Eres una chica, verdad?” djo suavemente. “Debiste dejar de vestirte como un chico hace meses, por si no lo sabes. Sólo estabas llamando tu propia atención. ¡Y llamarte Churri! ¿Es tu amigo Straw tan estúpido que no puede recordar otro nombre que sea más difícil?”

“Es un nombre común entre los Elfos,” defendió Barenziah.

El hombre sacudió la cabeza tristemente. “No entre los Elfos Oscuros, querida. Pero no puedes saber mucho acerca de los Elfos Oscuros, ¿verdad? Lo lamento, pero no se podía ayudar. No importa. Intentaré remediarlo.”

“¿Quién eres?” demandó Barenziah.

“Ai. La Famosa,” el hombre se encogió de hombros, sonriendo sórdidamente. “Soy Symmachus, Milady Barenziah. el General Symmachus de la Aterradora y Terrible Armada Imperial de su Majestad Tiber Septim I. Y debo decir que ha sido una feliz búsqueda en la que me ha guiado por todo Tamriel. O esta parte de él, en cualquier caso. Aunque he supuesto, y además acertadamente que a la larga se dirigiría a Morrowind. Tuvieron algo de suerte. Se encontró un cuerpo en Whiterun que pensamos que era el de Straw. Así que dejamos de buscar una pareja. Eso no me preocupaba. Más no habría pensado que permaneciéseis juntos todo este tiempo.”

“¿Dónde está? ¿Está bien?” preguntó ingenua y apresuradamente.

“Oh, está bien. Por ahora. Bajo custodia, por supuesto.” Se volvió. ""Entonces... ¿le preocupa?” dijo, y de repente clavó sus ojos en ella con aguda curiosidad. Con aquellos extraños ojos rojos que no había visto más que en su propio reflejo.

“Es mi amigo,” dijo Barenziah. Las palabras surgieron en un tono que sonaba deslucido y desesperado a sus propios oídos. ¡Symmachus! Un general de la Armada Imperial, nada menos--del que se decía era la mano derecha y los oídos del propio Tiber Septim.

“Ai. Parece ser que tiene varios amigos poco convenientes--perdone que se lo diga así, Milady.”

“Deja de llamarme así.” Le irritaba el tono sarcástico del general. Pero él únicamente sonrió.

Mientras hablaban el bullicio y el alboroto se desvaneció de la casa. Aunque aún podía oír a gente, presumiblemente los residentes, susurrando no muy lejos. El talludo Elfo se sentó en una esquina del escritorio. Parecía bastante relajado y preparado para estar así un rato.

Entonces se le pasó por la mente. ¿Varios amigos poco convenientes, había dicho? ¡Este hombre lo sabía todo de ella! O parecía saber lo suficiente, en cualquier caso. Lo cual era lo mismo. “¿Q-qué les va a pasar? ¿Y a m-mí?”

“Ah. Como sabrá, esta casa pertenece al comandante de las tropas Imperiales de esta región. Lo que significa que me pertenece a mí.” Barenziah se quedó boquieabierta y Symmachus la miró bruscamente. “¿Qué, no lo sabía? Tsk, tsk. ¿Por qué, es tan incauta, Milady, incluso con diecisiete años? Siempre debe saber lo que está haciendo, o dónde se está metiendo.”

“P-pero el G-gremio no p-podía ... no podría h-haber--” Barenziah estaba temblando. El Gremio de Ladrones nunca habría intentado un golpe que involucrase a la política Imperial. Nadie se atrevía a enfrentarse a Tiber Septim, al menos nadie que ella conociese. Alguien del Gremio había metido la pata, y de qué manera. Y ahora ella iba a pagarlo.

“Veamos. Es improbable que Therris tuviese la autorización del Gremio. De hecho, me pregunto--” Symmachus examinó cuidadosamente el escritorio, sacando los cajones. Eligió uno, lo puso sobre el escritorio, y puso al descubierto un doble fondo. Dentro había un pergamino plegado. Parecía una especie de mapa. Barenziah se acercó. Symmachus lo apartó, riéndose. “¡Ciertamente incauta!” Le echó un vistazo al pergamino, lo plegó de nuevo y lo puso en su lugar.

“Me aconsejaste hace un instante que buscase el conocimiento.”

“Así lo hice, así lo hice.” De repente parecía estar de mucho mejor humor. “Debemos irnos, mi querida Dama.”

La llevó hasta la puerta, bajaron las escaleras y salieron en la oscuridad de la noche. No había nadie. Los ojos de Barenziah se fijaron en las sombras. Se preguntaba si podría escaparse de él, o evadirse de alguna manera.

“No está pensando en intentar escapar, ¿verdad? Ai. ¿No quiere oír primero los planes que tengo para vos?” Le pareció que sonaba un poco dolido.

“Ahora que lo mencionas--sí.”

“Quizá le gustaría oír algo acerca de sus amigos en primer lugar.”

“No.”

La miró complacido tras oír la negativa. Era evidente que era la respuesta que buscaba, pensó Barenziah, pero también era la verdad. Aunque estaba preocupada por sus amigos, especialmente por Straw, estaba mucho más preocupada por ella misma.

“Tomará su lugar como la legítima Reina de Mournhold.”


Symmachus explicó que ésto era lo que tenían pensado para ella él y Tiber Septim desde el principio. Que Mournhold, que había estado bajo mando militar durante más o menos una docena de años desde que ella se fuese, fuese gradualmente devuelta al gobierno civil--bajo la guía del Imperio, por supuesto, y como parte de la Provincia Imperial de Morrowind.

“¿Pero por qué fui enviada a Darkmoor?” preguntó Barenziah, que no se había creído nada de lo que le habían dicho hasta entonces.

“Para protegerla, naturalmente. ¿Por qué escapó?”

Barenziah se encogió de hombros. “No tenía ninguna razón para quedarme. Debieron habérmelo contado todo.”

“Deberían haberlo hecho. De hecho mandé que la trajesen a la Ciudad Imperial para pasar algún tiempo como parte de la familia del Emperador. Pero por supuesto vos por entonces, eso diremos, ya se había fugado. En cuanto a su destino, debe estar, y debió haber estado, bastante claro para vos. Tiber Septim no guarda aquello que no tiene utilidad -- ¿y qué otra utilidad podría vos tener para él?”

“No sé nada de él. Ni, en cuanto a eso, de tí.”

“Entonces has de saber esto: Tiber Septim recompensa a amigos y a enemigos del mismo modo conforme a sus traiciones.”

Barenziah meditó sobre eso por unos instantes. “Straw me ha servido bien y nunca ha hecho daño a nadie. No es un miembro del Gremio de Ladrones. Él sólo vino para protegerme. Se ganá nuestra manutención haciendo recados, y él ... él ...”

Symmachus impacientemente le hizo ademán de que callase. “Ai. Lo sé todo sobre Straw,” dijo, “y sobre Therris.” La miró fijamente. “¿Y entonces? ¿Qué quiere hacer?”

Respiró profundamente. “Straw quiere una pequeña granja. Si voy a ser rica, entonces me gustaría que le proporcionasen una.”

“Muy bien.” Parecía sorprendido, además de satisfecho. “Hecho. La tendrá. ¿Y Therris?”

“Él me traicionó,” dijo fríamente Barenziah. Therris debió contarle los riesgos que conllevaba el trabajito. Además, la empujó a los brazos de sus enemigos intentando salvarse él. No era un hombre al que recompensar. De hecho, no era un hombre en el que se pudiese confiar.

“Sí. ¿Y?”

“Bien, ha de sufrir por su traición ... ¿verdad?”

“Eso suena razonable. ¿Én que manera se ha de ordenar que sufra su castigo?”

Barenziah cerró los puños con fuerza. Le hubiese gustado golpear y rajar ella misma al Khajiita. Pero considerando el rumbo que los acontecimientos habían tomado, aquello no parecia propio de una reina. “Que le fustiguen. Eh ... ¿serían demasiados veinte latigazos, tú qué crees? No le quiero provocar ninguna lesión permanente, tú me entiendes. Sólo darle una lección.”

“Ai. Por supuesto.” sonrió abiertamente Symmachus. Entonces sus facciones de repente cambiaron, y se puso serio. “Todo se hará, Su Alteza, Milady Reina Barenziah de Mournhold.” Entonces se inclinó de un modo respetuoso ante ella, una extensiva, ceremoniosa, ridícula y asombrosa reverencia.

El corazón de Barenziah latió apresurado.


Pasó dos días en los aposentos de Symmachus, durante los cuales estuvo muy ocupada. Había una Elfa Oscura llamada Drelliane que velaba por sus necesidades, aunque no parecía exactamente una sirviente pues comía con ellos. Tampoco parecía la esposa de Symmachus, ni su amante. Drelliane parecía divertirse cuando Barenziah le preguntaba. Ella sólo dijo que estaba al servicio del general y que hacía lo que se le pedía.

Con la asistencia de Drelliane, se pidieron varios pares de zapatos y finos trajes para Barenziah, además de un traje y unas botas de montar a caballo, junto con algunas otras pequeñas necesidades. A Barenziah se le dió una habitación propia.

Symmachus estaba mucho tiempo fuera. Le veía casi siempre a la hora de las comidas, pero le contaba poco sobre él o de lo que había estado haciendo. Era cordial y educado, bastante gustoso de conversar acerca de gran variedad de temas, y parecía interesado en cualquier cosa que ella tuviese que decir. Drelliane era casi igual. Barenziah les encontró bastante agradables, aunque “difícil llegar a conocerlos,” como Katisha hubiese dicho. Ella sentía una extraña punzada de desilusión. Éstos eran los primeros Elfos Oscuros con los que se había relacionado estrechamente. Esperaba sentirse cómoda con ellos, sentir al fín que pertenecía a algún sitio, con alguien, como parte de algo. En lugar de eso se encontró a sí misma añorando a sus amigos Nórdicos, Katisha y Straw.

Cuando Symmachus le dijo que iban a partir hacia la Ciudad Imperial por la mañana, ella le preguntó si se podría despedir de ellos.

“¿De Katisha?” preguntó él. “Ai. Pero entonces ... supongo que le debo algo. Ella fue quién me llevó a vos al hablarme de una solitaria Elfa Oscura llamada Barenziah que necesitaba amigos Élficos -- y que a veces se vestía como un chico. Ella no está asociada al Gremio de Ladrones, por lo visto. Y nadie asociado al Gremio parece conocer tu verdadera identidad, salvo Therris. Eso está bien. Prefiero que no sea de conocimiento público su antigua afiliación a dicho Gremio. Por favor, no le hable a nadie de éllo, Su Alteza. Un pasado como ese ... no es propio de una Reina Imperial.”

“Nadie lo sabe aparte de Straw y Therris. Y no se lo dirán a nadie.”

“No.” se río con una curiosa sonrisita. “No, no lo harán.”

Entonces no sabía que Katisha estaba al corriente. Pero aún así, había algo en la manera que él lo dijo ...

Straw llegó a su residencia por la mañana para despedirse. Se les dejó a solas en el salón, aunque Barenziah sabía que otros Elfos estaban lo suficientemente cerca como para escuchar. Él miró indeciso y pálido. Se abrazaron en silencio durante unos minutos. Los hombros de Straw temblaban y las lágrimas le caían por sus mejillas, pero no dijo nada.

Barenziah esbozó una sonrisa. “Así que ambos tenemos lo que queremos, ¿eh? Yo voy a ser la Reina de Mournhold y tú serás el dueño de tu propia granja.” Cogió su mano, y le sonrió con cariño, con ternura. “Te escribiré, Straw. Te lo prometo. Has de encontrar un escriba para poder escribirme también.”

Straw sacudió la cabeza tristemente. Cuando Barenziah insistió, abrió la boca y se dirigió a ella haciendo ruidos inconexos. Entonces se dió cuenta de lo que pasaba. No tenía lengua, se la habían cortado.

Barenziah se derrumbó en una silla y lloró ruidosamente.


“¿Pero por qué?” inquirió a Symmachus cuando Straw fue llevado fuera. “¿Por qué?”

Symmachus se encogió de hombros. “Sabe demasiado. Podría ser peligroso. Al menos está vivo, y no necesitará la lengua para ... criar cerdos o cosas así.”

“¡Te odio!” le gritó Barenziah, entonces violentamente agachó la cabeza y vomitó en el suelo. Continuó insultándole entre intermitentes arcadas de vómito. Él escuchó impasible por un tiempo mientras Drelliane limpiaba el suelo. Finalmente, le instó a parar o la llevaría amordazada durante el viaje a la Ciudad Imperial.

Pararon en casa de Katisha antes de salir de la ciudad. Symmachus y Drelliane no desmontaron. Todo parecía normal aunque Barenziah estaba asustada al llamar a la puerta. Katisha contestó. Barenziah agradeció a los dioses en silencio que al menos ella estuviese bien. Pero ella obviamente también había estado llorando. En cualquier caso, abrazó a Barenziah calurosamente.

“¿Por qué estás llorando?” preguntó Barenziah.

“Por Therris, por supuesto. ¿No estás enterada? Oh querida. Pobre Therris. Está muerto.” Barenziah sintió dedos helados estrujando su corazón. "" Fue atrapado robando en la casa del Comandante. Pobre compañero, pero eso fue muy estupido por su parte. Oh, Barenziah, ¡fue apresado y encerrado esa misma mañana por orden del Comandante!” Comenzó a sollozar. “Yo fui. Él pidió que me llamasen. Fue terrible. Sufrió tanto antes de morir. Nunca lo olvidaré. Os busqué a tí y a Straw, pero nadie sabía dónde habíais ido.” Ella miró detrás de Barenziah. “Aquél es el Comandante, ¿verdad? Symmachus.” Entonces Katisha hizo algo extraño. Paró de llorar y sonrió burlonamente. “¿Sabes? en cuanto lo ví, pensé: ¡Éste es el hombre adecuado para Barenziah!” Katisha tomó un pico de su delantal y le enjugó las lágrimas. “Yo le hablé de tí, ¿sabes?”

“Sí,” dijo Barenziah, “Lo sé.” Cogió las manos de Katisha con las suyas y la miró ardientemente. “Katisha, te quiero. Te voy a echar de menos. Pero por favor nunca jamás le cuentes a nadie nada acerca de mí. Nunca. Júrame que no lo harás. Y mucho menos a Symmachus. Y cuida por mí de Straw. Prométemelo.”

Katisha se lo prometió, desconcertada aunque voluntariamente. “Barenziah, no tuve de alguna manera yo la culpa de que atrapasen a Therris, ¿verdad? Nunca le dije nada acerca de Therris a ... a ... él.” Mirando brevemente hacia donde se encontraba el general.

Barenziah le aseguró que ella no tenía culpa alguna, que un informador le había contado a la Guardia Imperial los planes de Therris. Lo cual era seguramente mentira, aunque notó que Katisha simplemente necesitaba algún tipo de consuelo.

“Oh, me alegro, si es que puedo alegrarme de algo en estos momentos. Odiaría creerlo-- ¿Pero cómo podía saberlo?” Se acercó a Barenziah y le susurró al oído, “Symmachus es muy apuesto, ¿no crees? Y tan seductor.”

“No quiero saber nada de eso,” dijo Barenziah secamente. “Ni siquiera se me ha pasado por la cabeza. He tenido otras cosas de las que preocuparme.” Le explicó rápidamente que iba a ser la Reina de Mournhold y que iba a vivir una temporada en la Ciudad Imperial. “Él me estaba buscando, eso es todo. Por orden del Emperador. Yo era objeto de búsqueda, simplemente era... era un... objetivo. No creo que piense en mí como mujer en absoluto. Aunque dijo que no parecía un chico,” lo que añadió incredulidad en el rostro de Katisha. Katisha sabía que Barenziah evaluaba a todos los varones que conocía en términos de atracción sexual y disponibilidad. “Supongo que será el golpe de averiguar que realmente soy una reina,” añadió ella, y Katisha le dió la razón, que era cierto, que debía ser algún tipo de trauma, aunque una no tuviese la posibilidad de experimentarlo de primera mano. Ella sonrió. Barenziah también sonrió. Entonces se volvieron a abrazar, con lágrimas en sus ojos, por última vez. Nunca volvería a ver a Katisha ni a Straw. El grupo real salió de Rifton por la gran puerta del sur. Una vez cruzada, Symmachus dió un ligero golpe en el hombro de ella y señaló las puertas. “Creía que desearía despedirse de Therris también, Su Alteza,” dijo.

Barenziah se quedó mirando breve pero fijamente la cabeza empalada en una lanza sobre la puerta. Los pájaros se la habían empezado a comer, pero la cara aún era reconocible. “No creo que me oyera, aunque estoy bastante segura que se alegrará de saber que estoy bien,” dijo ella, intentando parecer superficial. “Tomemos nuestro camino, General, ¿no?”

Symmachus estaba claramente contrariado por su escasa reacción. “Ai. Supongo que tu amiga Katisha te lo contó ¿verdad?”

“Supones correctamente. Ella asistió a la ejecución,” dijo de forma despreocupada Barenziah. Si no lo sabía ya, se enteraría tarde o temprano, estaba segura de éllo.

“¿Sabía Katisha que Therris pertenecía al Gremio?”

Ella se encongió de hombros. “Todo el mundo lo sabía. Sólo los miembros de bajo rango como yo se supone que han de mantener en secreto su membresía. Los miembros de alto rango son muy conocidos.” Se volvió para sonreírle astutamente. “Aunque tú deberías estar enterado de todo eso, ¿verdad, General?” djo ella dulcemente.

Ésto no pareció afectarle. “Así que le contó quién era y de dónde venía, pero no le dijo nada acerca del Gremio.”

“La pertenencia al Gremio no era el secreto que yo habría de contar. Lo demás sí. Hay una diferencia. Además, Katisha es muy honesta. Si se lo hubiese dicho, le habría parecido una perdida. Ella siempre estuvo detrás de Therris para que optase por un trabajo más honesto. Valoro su buen criterio.” Ella le echó una mirada fría. “No es que sea de tu incumbencia, pero ¿sabes lo que ella pensaba? Creía que sería más feliz si me estableciese con un único hombre. Uno de mi propia raza. Uno de mi propia raza con las cualidades apropiadas. Uno de mi propia raza con las cualidades apropiadas, que supiese decir las cosas adecuadas. Tú, de hecho.” Ella cogió fuertemente las riendas preparándose para adoptar un ritmo enérgico--pero no sin acabar con un último e irresistible comentario incisivo. “¿No es extraño cómo los deseos a veces se hacen realidad--pero no de la manera en que uno quiere? ¿O quizá deba decir, no de la manera que uno jamás querría?”

Su respuesta la pilló tan de sorpresa que se olvidó por completo del galope. “Sí. Muy extraño,” replicó él, y su tono correspondía exactamente con sus palabras. Entonces se disculpó y se puso detrás.

Ella mantuvo la cabeza alta y avanzó con su caballo, tratando de parecer poco impresionada. Ahora, ¿qué hubo en su respuesta que la molestase? No lo que dijo. No, eso no fue. Aunque sí algo acerca de la forma en que lo dijo. Algo le hizo creer que ella, Barenziah, era uno de los deseos que él había echo realidad. Como esto parecía tan improbable, le hizo reflexionar. Al fin la había encontrado, tras meses de búsqueda, posiblemente, bajo la presión del Emperador, sin duda. Así que su deseo se había hecho realidad. Sí, debía ser eso.

Pero de alguna manera, por lo visto, no todo estaba a su gusto.