Clan DLAN
Herramientas personales
Clan DLAN
Clan DLAN
Clan DLAN
Clan DLAN
Clan DLAN

Morrowind:La Auténtica Barenziah: v. III

De Teswiki

La Auténtica Barenziah, Tercera Parte
Anónimo


Durante varios días, Barenziah sintió un peso de amargura por la separación de sus amigos. Pero a partir de la segunda semana empezó a animarse un poco. Encontró que le encantaba estar viajando de nuevo, aunque echaba de menos la compañía de Straw más de lo que se hubiese podido imaginar. Fueron escoltados por una tropa de caballeros Guardias Rojos con los que se sentía cómoda, aunque éstos eran mucho más disciplinados, y decorosos, que los guardias de las caravanas de mercaderes con los que había pasado tanto tiempo. Eran cordiales pero respetuosos hacia ella a pesar de sus intentos de flirteo.

Symmachus la regañaba en privado, diciéndole que una reina debía mantener su dignidad real en todo momento.

“¿Quieres decir que nunca me podré divertir?” inquirió ella malhumoradamente.

“Ai. No con personas como éstas. Están por debajo de vos. La amabilidad es una virtud deseable en aquellos que ostentan la autoridad, Milady. El amancebamiento no lo es. Debe permanecer casta y modesta mientras se encuentre en la Ciudad Imperial.”

Barenziah hizo una mueca. “También podría volver a mi Guarida en Darkmoor. Los Elfos son promiscuos por naturaleza, ¿sabes? Todo el mundo lo dice.”

“'Todo el mundo se equivoca, entonces. Algunos lo somos y otros no lo somos. El Emperador -- y yo -- esperamos de vos que mostréis tanto discernimiento como buen gusto. Déjeme recordarle, Su Alteza, que vos no mantenéis el trono de Mournhold por derecho de sangre sino únicamente por la complaciencia de Tiber Septim. Si la juzgara inadecuada, vuestro reino acabaría antes de empezar. Él demanda inteligencia, obediencia, discrección, y lealtad total, y aprecia la castidad y modestia en las mujeres. Le sugiero encarecidamente que intente imitar la conducta de nuestra buena Drelliane. Milady.”

“¡De buena gana volvería a Darkmoor!” gruñó Barenziah rencorosamente, ofendida por el pensamiento de tener que emular en cualquier modo a la frígida y puritana Drelliane.

“Eso no es una opción. Su Alteza. Si no es vos de utilidad para Tiber Septim, él verá que tampoco es útil contra sus enemigos,” dijo el general de forma pretenciosa. “Si vos mantuviéseis la cabeza sobre los hombros y prestase atención. Déjeme añadir que el poder ofrece placeres aparte de la carnalidad y sexualidad con baja compañía.”

Él comenzó a hablar del arte, la literatura, el teatro, la música, y los grandes bailes celebrados en la Corte Imperial. Barenziah le escuchó con creciente interés, no del todo debido a sus serias amenazas. Aunque más tarde le preguntó tímidamente si podría continuar sus estudios de magia mientras se encontrase en la Ciudad Imperial. Symmachus pareció satisfecho por éllo y le prometió que él se ocuparía de que recibiese la instrucción que deseara. Animada, entonces dijo que se había dado cuenta de que tres de sus caballeros de escolta eran mujeres, y le preguntó si podría entrenar un poco con ellas, sólo para entrenarse. El general pareció menos contento por ésto, pero dio su consentimiento, aunque enfatizando que sólo lo podría entrenar con las mujeres.

El clima del avanzado invierno se mantuvo aceptable, aunque ligeramente helado, el resto del viaje así que viajaron rápidamente por caminos firmes. Los últimos días de su travesía, la primavera parecía haber llegado al fin pues comenzó el deshielo. El camino se embarró, y por todos lados se podía oír agua goteando y chorreando débil pero continuamente. Fue un sonido bienvenido.


Llegaron al gran puente que llevaba a la Ciudad Imperial al atardecer. El rosáceo fulgor cubrió los austeros edificios de mármol blanco de la metrópoli de un sutil rosa. Todo parecía muy nuevo, suntuoso e inmaculado. Una amplia avenida llevaba hacia el norte hasta el Palacio. Una multitud de gente de todas las clases y razas formaban la extensa concurrencia. Las luces parpadeaban en las tiendas y en las posadas a medida que caía la noche y las estrellas aparecían de una en una y más tarde a pares y de tres en tres. Incluso las calles laterales eran anchas y estaban bien iluminadas. Cerca de Palacio las torres de un inmenso local del Gremio de Magos se veían al este, mientras que al oeste las ventanas de vidrio de colores de un enorme tabernáculo relucían bajo la decreciente luz.

Symmachus tenía aposentos en una majestuosa casa a dos manzanas del Palacio, pasado el templo. (“El Templo del Único,” dijo mientras pasaban frente al mismo, un antiguo culto Nórdico que Tiber Septim había reavivado. Dijo que se esperaba que Barenziah se hiciese miembro debiendo probar su valía al Emperador.) El lugar era bastante fastuoso--aunque poco para el gusto de Barenziah. Los muros y los muebles eran de un absoluto y prístino blanco, mitigado sólo por toques de romo oro, y los suelos eran de un mortecino y brillante mármol negro. Los colores, así como la interacción entre luces y sombras, hacían daño a la vista en opinión de Barenziah.

Por la mañana Symmachus y Drelliane la escoltaron hasta el Palacio Imperial. Barenziah notó que todos los que se cruzaban saludaban a Symmachus con un respeto deferencial, que en algunos casos rayaba en la adulación. El general parecía no prestar demasiada atención.

Fueron conducidos directamente a la presencia imperial. El sol de la mañana inundaba una pequeña habitación a través de una gran ventana de diminutos cristales, iluminando la opíparamente repleta mesa del desayuno y al único hombre que estaba sentado a la misma, sombrío frente a la luz. Se puso de pie de un salto cuando entraron y se apresuró hacia ellos. “Ah, Symmachus, nuestro más leal amigo, acogemos su vuelta con el mayor de los gustos.” Sus manos se pusieron brevemente sobre los hombros de Symmachus, afectuosamente, deteniendo la profunda genuflexión que el Elfo Oscuro había empezado a ejecutar.

Barenziah hizo una reverencia cuando Tiber Septim se volvió hacia ella.

“Barenziah, nuestra traviesa y pequeña fugitiva. ¿Cómo te va, niña? Aquí, déjanos echarte un vistazo. Symmachus, es fascinante, absolutamente encantadora. ¿Por qué la has escondido todos estos años? Hay demasiada luz, ¿niña? ¿Corremos las cortinas? Sí, por supuesto.” Hizo caso omiso a las protestas de Symmachus y corrió las cortinas él mismo, sin preocuparse por llamar a un sirviente. “Debéis perdonarnos por esta descortesía hacia vos, nuestra querida invitada. Tenemos mucho en que pensar, aunque eso no es excusa para descuidar la hospitalidad. ¡Pero, ah! únase a nosotros se lo ruego. Tenemos algunas excelentes nectarinas del Pantano Negro.”

Se sentaron a la mesa. Barenziah estaba anonadada. Tiber Septim no se parecía en nada al grotesco, gris y gigante guerrero que se había imaginado. Era de mediana estatura, Sym­machus le sacaba casi media cabeza, aunque tenía una esbelta figura y era ágil de movimientos. Tenía una sonrisa encantadora, brillante -- de hecho penetrante -- ojos azules, y la cabeza repleta de abundante pelo blanco sobre un arrugado y erosionado rostro. Parecía tener una edad comprendida entre los cuarenta y los sesenta. Les ofreció la comida y la bebida, entonces repitió la pregunta que el general le había hecho unos días antes: ¿Por qué se fue de su casa? ¿Sus guardianes fueron crueles con ella?

“No, Excelencia,” replicó Barenziah, “en realidad, no -- aunque yo lo pensase muchas veces.” Symmachus le había preparado una historia, y Barenziah la contó entonces, aunque con cierta desconfianza. El chico de los establos, Straw, la había convencido de que sus guardianes, incapaces de encontrar un marido adecuado para ella, iban a venderla como concubina en Rihad; y cuando llegó en efecto un Guardia Rojo, se asustó y huyó con Straw.

Tiber Septim parecía fascinado y escuchó absorto mientras le daba los detalles de su vida como escolta de una caravana de mercaderes. “¡Vaya, parece una cántiga!” dijo. “Por el Único, mandaremos al Bardo de la Corte que le ponga música. En qué chico tan encantador debiste convertirte.”

“El General Symmachus dijo--” Barenziah se detuvo algo confusa y entonces prosiguió. “Él dijo -- bueno, que no debía seguir vistiéndome como un chico. He... crecido los últimos meses.” Bajó la mirada en lo que esperaba se acercase a pudorosa modestia.

“Es un perspicaz compañero, nuestro leal amigo Symmachus.”

“Sé que he sido una chica muy insensata, Excelencia. Debo rogarle que me perdone, y también a mis amables guardianes. Yo... Yo me dí cuenta hace algún tiempo, pero estaba demasiado avergonzada para volver a casa. Pero no quiero volver a Darkmoor ahora. Excelencia, ansío Mournhold. Mi alma desea volver a su patria.”

“Nuestra querida niña. Volverás a casa, te lo prometemos. Pero te rogamos que permanezcas con nosotros un poco más, de manera que puedas prepararte para la seria y solemne tarea que te encomendaremos.”

Barenziah le miraba nerviosa, con el corazón latiendo deprisa. Todo iba exactamente como Symmachus dijo que iría. Sintió un afectuoso florecimiento de gratitud hacia él, pero tuvo cuidado en mantener su atención en el Emperador. “Me honra, Excelencia, y deseo encarecidamente servirles a vos y a este gran Imperio que ha construido de la mejor manera que pueda.” Era lo políticamente correcto que debía decir, para estar segura -- aunque Barenziah realmente lo sentía. Estaba atemorizada por la magnificencia de la ciudad y la disciplina y orden que se respiraba en cada rincón, y además estaba excitada por la esperanza de convertirse en parte de todo aquello. Y se sentía bastante aceptada por el gentil Tiber Septim.


Unos días después Symmachus partió hacia Mournhold para ocuparse de las obligaciones de gobernador hasta que Barenziah estuviese preparada para tomar el trono, tras lo cual se convertiría en su Primer Ministro. Barenziah, con Drelliane como acompañante, se estableció en una serie de habitaciones en el Palacio Imperial. Se le pusieron varios tutores, de todos los campos estimados recomendables para su educación como reina. Durante este tiempo se interesó profundamente en las artes mágicas, pero encontró excesiva predilección en el estudio de la historia y la política.

En una ocasión se encontró con Tiber Septim en los jardines de Palacio y él le inquirió cortésmente acerca de sus progresos -- regañándola, aunque con una sonrisa, por su desinterés en cuanto a los asuntos de estado. Sin embargo, siempre estuvo encantado de instruirla en los mejores temas de la magia, y consiguió incluso que pareciesen interesantes la historia y la política. “Son gente, niña, no meros hechos escritos en un polvoriento libro,” decía.

A medida que sus conocimientos se ampliaban, sus discusiones se hicieron más y más largas, profundas y frecuentes. Él le hablaba de su visión de una Tamriel unida, cada raza separada y distinta pero con ideales y objetivos compartidos, contribuyendo todos al bienestar común. “Algunas cosas son universales, comunes a toda persona sensible y de buena voluntad.” decía. “Así lo enseña el Único. Debemos unirnos contra los maliciosos y los brutos, los desechos de la creación -- los Orcos, los troles, los goblins, y demás criaturas más dañinas -- y no rivalizar con nuestros semejantes. ”Sus ojos azules brillaban cuando se quedaba absorto en su sueño, y Barenziah estaba encantada simplemente con sentarse y escucharle. Si se ponían cerca, con su costado junto a ella, sus ojos resplandecían como si fuese una brasa al rojo vivo. Si se cogían las manos ella sentía un hormigueo por todo su cuerpo como si estuviese cargado con un hechizo de electricidad.

Un día, de sopetón, puso su rostro entre sus manos y la besó galantemente en la boca. Ella se echó para átras por un momento, sorprendida por el ímpetu de sus sentimientos, y él se disculpó al instante. “Yo... nosotros... no hemos querido hacer eso. Es sólo que -- eres tan bella, querida. Muy muy bella.” Él la miraba con una desesperanzada ilusión en sus grandes ojos.

Ella se volvió, con lágrimas en la cara.

“¿Éstas enfadada conmigo? Dímelo. Por favor.”

Barenziah sacudió la cabeza. “Nunca podría estar enfadada con vos, Excelencia. Yo... yo le amo. Sé que no está bien, pero no lo puedo evitar.”

“Tengo una consorte,” dijo. “Ella es una buena y virtuosa mujer, la madre de mis hijos y futuros herederos. Nunca podría dejarla de lado -- aunque no hay nada entre nosotros, ni un ápice de complicidad. A ella le gustaría que fuese otro y no yo su cónyuge. Soy la persona más poderosa de Tamriel, y... Barenziah, yo... yo... creo que soy el más solitario también.” Se levantó de pronto. “¡Poder!” dijo con un sublime menosprecio. “Cambiaría una buena parte del mismo por juventud y amor si los dioses lo permitiesen.”

“Pero vos sois fuerte, vigoroso y estáis lleno de vida. Más que cualquier otro hombre que haya conocido.”

Él sacudió la cabeza con vehemencia. “Hoy, quizás. Ya soy menos de lo que fui ayer, el año pasado y hace diez años. Siento la punzada de mi mortalidad, y es doloroso.”

“Si puedo aliviar su dolor, hágamelo saber.” Barenziah se acercó a él, con los brazos extendidos.

“No. No te robaré la inocencia.”

“No soy tan inocente.”

“¿Cómo, y eso?” De repente la voz del Emperador rechinó ásperamente, con el ceño fruncido.

La boca de Barenziah se secó. ¿Qué acababa de decir? Pero ahora no podía desdecirse. Él se daría cuenta. “Fue Straw,” dijo titubeante. “Yo... Yo también me encontraba sola. Estoy sola. Y no soy tan fuerte como vos.” Bajó la cabeza avergonzada. “Yo... creo que no soy digna, Excelencia--”

“No, no. No es así. Barenziah. Mi Barenziah. No puede durar mucho. Tienes una responsabilidad para con Mournhold y el Imperio. Debo velar por la mía también. pero mientras podamos -- ¿compartiremos lo que tenemos, lo que podamos, y rogaremos al Único que perdone nuestra debilidad?”

Tiber Septim extendió sus brazos -- y sin decir una palabra, voluntariamente, Barenziah se abrazó a él.


“Hacéis cabriolas en el borde de un volcán,” reprendió Drelliane a Barenziah cuando admiraba el expléndido anillo de zafiro estrellado que su amante imperial le había regalado para celebrar su primer mes juntos.

“¿Y eso? Nos hacemos felices mutuamente. No hacemos daño a nadie. Symmachus me ordenó que fuese juiciosa y discreta. ¿No hice pues la mejor elección? Y hemos sido muy discretos. Él me trata como a una hermana en público.” Las visitas nocturnas de Tiber Septim a Barenziah se hacían a través de un pasadizo secreto del que muy pocos en Palacio tenían conocimiento -- él mismo y un puñado de guardaespaldas de confianza.

“Él babea ante tí como un miserable ante su cena. ¿No os habéis dado cuenta de la frialdad de la Emperatriz y su hijo hacia vos?”

Barenziah se encogió de hombros. Incluso antes de que ella y Septim se convirtieran en amantes, no había sido tratada con demasiada pleitesía por parte de su familia. Mera cortesía. “¿Qué pasa? Es Tiber quien tiene el poder.”

“Pero es su hijo quien lo tendrá en el futuro. No pongáis a su madre en ridículo ante el pueblo, Se lo ruego.”

“¿Qué puedo hacer yo si un seco palo de mujer no es capaz de mantener el interés de su marido ni siquiera en la charla de la cena?”

“Que no lo digáis en público. Eso es todo lo que pido. Ella importa poco, es cierto -- pero sus hijos la adoran, y no os interesa que estén en vuestra contra, milady. Tiber Septim no vivirá siempre. ¿Entiendes?,” Drelliane hizo cambiar rápidamente el ceño fruncido de Barenziah, “todos los humanos tienen una vida corta. Efímera, como decimos los de las Razas longevas. Vienen y van como las estaciones -- pero las familias de los poderosos subsisten durante un tiempo. Vos debéis ser amiga de esta familia si queréis obtener un beneficio permanente de vuestra relación con ella. ¡Ah, pero qué puedo hacer para que lo veáis claro, vos que sois tan joven y os encontráis tan apegada a los humanos! Si prestáis atención, y actuáis con inteligencia, vos y Mournhold llegaréis a vivir para ver la caída de la dinastía Septim, pues en verdad la ha fundado, como vos habéis sido testigo. Es el camino de la historia humana. Ellos fluyen y refluyen como mareas inconstantes. Sus ciudades y dominios florecen como flores de primavera, sólo para marchitarse y morir bajo el sol del verano. Pero los Elfos perduramos. Un año nuestro es como una hora suya. una década como un día.”

Barenziah se rió. Conocía los abundantes rumores acerca de ella y Tiber Septim. Ella disfrutaba de la atención de todos, salvo de la Emperatriz y su hijo. Parecían cautivados por su presencia. Los trovadores cantaban a su oscura belleza y sus atractivas formas. Ella era popular, y todos la querían -- y si esto era temporal, qué, ¿Algo no lo era? Por primera vez en su vida era feliz, cada uno de sus días estaba lleno de alegría y placer. Y las noches eran incluso mejores.


“¿Qué hay de malo en mí?” se quejaba Barenziah. “Mira, ni una de mis sayas me sienta bien. ¿Qué le ha pasado a mi cintura? ¿Estoy engordando?” Barenziah miraba sus delgados brazos y piernas y su innegable aumento de cintura en el espejo con displicencia.

Drelliane se encogió de hombros. “Parece que estáis embarazada, aún siendo tan joven. El continuo apareo con un humano la ha llevado a una precoz fertilidad. No veo otra alternativa que la de ir y contárselo al Emperador. Estáis bajo su poder. Sería lo mejor, creo, para vos ir directamente a Mournhold si él accediese a éllo, y dar a luz allí.”

“¿Sola?” Barenziah puso las manos sobre su vientre abultado, con lágrimas en los ojos. Ella ansiaba con todas sus fuerzas compartir el fruto de su amor con su amante. “Él no lo permitirá. No pueden apartarle de mí ahora. Lo verás.”

Drelliane sacudió la cabeza. Aunque no dijo nada más, una mirada de compasión y amargura había reemplazado su usual y frío menosprecio.

Aquella noche Barenziah se lo contó a Tiber Septim cuando se reunieron.

“¿Embarazada?” La miró sorprendido. No, estupefacto. “¿Estás segura? Pero se dice que las Elfas no dan a luz en tan temprana edad...""

Barenziah forzó una sonrisa. “¿Cómo puedo estar segura? Nunca he--”

“Mandaré llamar a mi sanador.”

El sanador, un Alto Elfo de mediana edad, confirmó que Barenziah estaba en efecto en cinta, y que tal cosa nunca antes se había sabido que hubiese ocurrido. Era un testimonio de la potencia de Su Excelencia, dijo el sanador en tono adulador. Tiber Septim le rugió.

“¡Ésto no debe ocurrir!” dijo. “Deshazlo. Te lo ordeno.”

“Sire,” dijo aturdido el sanador. “No puedo... no me es posible--”

“Por supuesto que puedes, imbécil incompetente,” le increpó el Emperador. “Es mi expreso deseo que así lo hagas.”

Barenziah, hasta entonces en silencio y con los ojos abiertos por el terror, de repente se sentó en la cama. “¡No!” gritó. “¡No! ¿Qué estáis diciendo?”

“Niña,” Tiber Septim se sentó junto a ella, sonriendo de manera decidida. “Estoy muy apenado. De veras. Pero ésto no puede ser. Tu embarazo sería una amenaza para mi hijo y sus hijos. Nunca pondría en peligro mi legítima descendencia.”

“¡El niño que llevo en mi seno es vuestro!” dijo lamentándose.

“No. No es más que una posibilidad, algo factible, aún no está dotado de alma ni es un ser vivo. No lo tendrás, pues. Lo prohibo.” Echó al sanador otra severa mirada y el Elfo empezó a temblar.

“Sire. es su hijo. Los niños en la vida de una Elfa son pocos. Ninguna Elfa concibe más de cuatro veces, y aún eso es poco usual. Lo normal son dos. Algunas, incluso. no paren ninguno y otras sólo uno. Si le quito éste, Sire, puede que no vuelva a concebir.”

“Me prometiste que no se quedaría embarazada. Tengo poca fe en tus augurios.”

Barenziah saltó desnuda de la cama y corrió hacia la puerta, sin saber adónde iba, sólo que no podía quedarse allí. Nunca la alcanzó. La oscuridad la sobrevino.


Se despertó dolida, con un sentimiento de vacío. Un hueco dónde algo solía estar, algo que solía estar vivo, pero ahora estaba muerto y se había ido para siempre. Drelliane estaba allí para aplacar el dolor y limpiar la sangre que todavía manaba de cuando en cuando de entre sus piernas. Pero no había nada que llenase el vacío. No había nada que ocupase su lugar.

El Emperador enviaba magníficos regalos e inmensos ramos de flores, y le hacía cortas visitas, siempre bien acompañado. Barenziah recibía estas visitas con agrado al principio. Pero Tiber Septim ya no volvió de noche -- y un tiempo después ni siquiera ella deseaba que fuese.

Pasaron varias semanas, y cuando estuvo recuperada físicamente por completo, Drelliane la informó que Symmachus había escrito para solicitar su llegada a Mournhold antes de lo planeado. Se anunció que partiría sin dilación.

Se la dotó de una gran comitiva, un extenso ajuar muy apropiado para una reina, y una elaborada e impresionante salida desde las puertas de la Ciudad Imperial. Algunas personas estaban apenadas por verla marcharse, y expresaron su tristeza con lágrimas y exhortaciones. Pero algunos otros no lo estaban, y no lo hicieron.