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Morrowind:La Auténtica Barenziah: v. IV

De Teswiki

La Auténtica Barenziah, Cuarta Parte
Anónimo


“Todo lo que alguna vez amé, lo he perdido,” pensaba Barenziah desalentada, mirando a los caballeros a caballo por detrás y por delante de ella, y a su carabina a su lado en un carruaje. “A pesar de todo he ganado algo de riqueza y poder, y la promesa de más por llegar. Lo he aceptado gustosamente. Ahora entiendo mejor el amor de Tiber Septim por el poder, si ha tenido que pagar tal precio por conseguirlo. Pues seguramente la valía se cuatifica por el precio que pagamos.” Por deseo propio, cabalgaba sobre una radiante yegua pinta, ataviada como una guerrera con una resplandeciente cota de malla fabricada por Elfos Oscuros.

Mientras los días pasaban lentamente y su séquito cabalgaba por el serpenteante camino en dirección al este hacia el sol poniente, a su alrededor poco a poco se levantaban las empinadas laderas de montaña de Morrowind. El aire era seco, y un frío viento de otoño soplaba constantemente. Pero también estaba cargado con el olor dulce y especiado de la tardía en florecer rosa negra, que era autóctona de Morrowind y crecía en cada oscuro recoveco y grieta rocosa de las tierras altas, encontrando nutrientes incluso en los pedregosos peraltes y cerros. En pequeños pueblos y ciudades, andrajosos Elfos Oscuros se congregaban a lo largo del camino para gritar su nombre o simplemente mirar boquiabiertos. La mayoría de su escolta eran Guardias Rojos y algunos Altos Elfos, Nórdicos y Bretones. Mientras se adentraban hacia el corazón de Morrowind, cada vez estaban más incómodos y se mantenían juntos en grupos protectores. Incluso los caballeros Élficos parecían recelosos.

Pero Barenziah se sentía en casa, por fín. Ella sintió la gran bienvenida por parte de las tierras. Sus tierras.


Symmachus se reunió con ella en la frontera de Mournhold con una escolta de caballeros, de los cuales alrededor de la mitad eran Elfos Oscuros. Ataviados con uniformes de combate Imperiales, advirtió Barenziah.

Hubo una gran marcha de entrada en la ciudad y discursos de bienvenida de grandes dignatarios.

“He mandado readecuar los aposentos de la reina para vos,” le dijo el general más tarde cuando llegaron a palacio, “aunque vos podéis cambiar cualquier cosa que no sea de su agrado, por supuesto.” Prosiguió con los detalles de la coronación, que debía celebrarse en una semana. Él mismo se había encargado de todo -- aunque ella sentía algo más en él. Estaba ansioso por que le diese la aprobación con respecto a los preparativos, estaba de hecho nervioso por éllo. Aquello era nuevo. Nunca antes había requerido su recomendación.

No le preguntó nada sobre su estancia en la Ciudad Imperial, o de su amorío con Tiber Septim -- aunque Barenziah estaba segura que Drelliane se lo había contado todo con pelos y señales, o le había escrito anteriormente para comunicárselo.

La propia ceremonia, como tantas más, era una mezcla entre vieja y nueva -- unas partes de la misma provenían de la antigua tradición de los Elfos Oscuros de Mournhold y las otras venían dictadas por decreto Imperial. Ella hizo el juramento de servir al Imperio y a Tiber Septim así como a Mournhold y a sus gentes. Aceptó juramentos de lealtad y fidelidad del pueblo, la nobleza y el consejo. Éste último estaba compuesto por una representación de embajadores Imperiales (“consultores” les llamaban) y representantes nativos del pueblo de Mournhold, quienes eran en su mayor parte ancianos de acuerdo con la costumbre Élfica.

Más tarde Barenziah pudo comprobar que ocuparía la mayor parte de su tiempo en intentar reconciliar estas dos facciones y a sus simpatizantes respectivos. Se esperaba que los ancianos protagonizasen la mayoría de las conciliaciones, debido a las reformas introducidas por el Imperio pertinentes a la posesión de tierras y las superficies de cultivo. Pero la mayoría de éstas iban claramente contra las costumbres de los Elfos Oscuros. Tiber Septim, “en el nombre del Único,” había decretado una nueva tradición -- que aparentemente incluso los propios dioses y diosas debían acatar.

La nueva Reina se dedicó a su trabajo y sus estudios. Dejó de lado el amor y los hombres por un largo, largo tiempo -- si no para siempre. Había descubierto otros placeres, como Symmachus le había prometido hacía tiempo: los de la mente, y los del poder. Desarrolló (sorprendentemente, pues siempre se había rebelado contra sus tutores en la Ciudad Imperial) una profunda devoción por la historia y mitología de los Elfos Oscuros, un hambre de conocimiento más plena acerca del pueblo del que había nacido. Estaba satisfecha al aprender que habían sido orgullosos guerreros, habilidosos artesanos y sagaces magos desde tiempos inmemoriales.

Tiber Septim vivió otro medio siglo, durante el cuál se vieron en varias ocasiones cuando ella era reclamada por la Ciudad Imperial por una u otra razón de estado. Él le daba la bienvenida con calidez, e incluso tenían largas charlas acerca de acontecimientos del Imperio cuando la oportunidad se lo permitía. Parecía tener bastante olvidado que alguna vez hubo algo más entre ellos que una simple amistad y una profunda alianza política. Él cambió poco con el paso de los años. Había rumores de que sus magos habían desarrollado hechizos para extender su vida, y que incluso el Único le había concedido la inmortalidad. Después, un día, un mensajero llegó con la noticia de que Tiber Septim estaba muerto, y que su hijo mayor Pelagius era ahora el Emperador.

Recibieron la noticia en privado, ella y Symmachus. El una vez General Imperial y ahora su leal Primer Ministro se la tomó estoicamente, como se tomaba casi todas las cosas.

“No sé por qué me parece imposible,” dijo Barenziah.

“Os lo dije. Ai. Es el destino de los humanos. Tienen una vida muy corta. En verdad no tiene importancia. Sus poder subsiste, y su hijo lo ostenta ahora.”

“Una vez lo consideraste tu amigo. ¿No sientes nada? ¿No estás afligido?”

Él se encogió de hombros. “Hubo un tiempo en que era algo más que un amigo para vos. ¿Qué es lo que sentís, Barenziah?” Hacía mucho que no se dirigian el uno al otro la palabra en privado por sus títulos formales.

“Vacío. Tristeza,” dijo ella, entonces también se encogió de hombros. “Aunque no es nada nuevo.”

“Ai. Lo sé,” dijo él suavemente, tomando su mano. “Barenziah...” Ella levantó la cabeza y él la besó.

Aquello la dejó sorprendida. No podía recordar si alguna vez la había tocado antes. Nunca habría pensado en él de esa manera -- y aún así, indiscutiblemente, una antigua y familiar calidez se extendió a través de ella. Había olvidado lo placentera que era esa calidez. No el tórrido calor que había sentido con Tiber Septim, sino el reconfortante y contundente ardor que de alguna manera asociaba con ... ¡con Straw! Straw. Pobre Straw. No había pensado en él en tanto tiempo. Sería de mediana edad si aún estaba vivo. Probablemente con una docena de hijos, pensó afectuosamente... y una vigorosa esposa que con suerte pudiese hablar por los dos.

“Cásate conmigo, Barenziah,” estaba diciendo Symmachus, parecía que estuviese leyendo sus pensamientos sobre el matrimonio, los niños,.. las esposas, “He trabajado, y me he esforzado y esperado el tiempo suficiente, ¿no es verdad?”

Matrimonio. Un campesino con campesinos sueña. El pensamiento apareció en su mente, claro y espontáneo. ¿No había utilizado aquellas mismas palabras para describir a Straw, hacía ya tanto tiempo? ¿Y aún así, por qué no? Si no Symmachus, ¿quién entonces?

Muchas de las grandes familias nobles de Morrowind habían sido exterminadas en la gran guerra de unificación de Tiber Septim, antes del tratado. Las costumbres de los Elfos Oscuros se habían restablecido, era cierto -- pero no la antigua, la verdadera nobleza. La mayoría de ellos eran advenedizos como Symmachus, y ni siquiera la mitad eran tan buenos o dignos como él lo era. Había luchado para mantener Mournhold intacto y saludable cuando sus así llamados consejeros podían haber picoteado sus restos, dejándolos secos como le ocurrió a Ebonheart. Había luchado por Mournhold, por ella, mientras ella y el reino crecían y prosperaban. Ella sintió una repentina ráfaga de gratitud -- e, innegablemente, afecto. Era prudente y de confianza. Y la había servido bien. Y la había amado también.

“¿Por qué no?” dijo ella, sonriendo. Y tomó su mano. Y le besó.


La unión fue buena, tanto en su aspecto político como personal. Aunque el hijo mayor de Tiber Septim, el Emperador Pelagius I, la miraba con recelo, su confianza en el antiguo amigo de su padre era absoluta.

Symmachus, sin embargo, aún así los lugareños duros de mollera de Morrowind no lo vieron con buenos ojos, cautelosos por su estirpe campesina y sus estrechos lazos con el Imperio. Pero la Reina fue bastante y fuertemente popular. “La Señora Barenziah es una de los nuestros,” se murmuraba, “mantenida cautiva como nosotros.”

Barenziah se sentía dichosa. Había trabajo y también placer -- ¿y qué más puede uno esperar de la vida?

Los años pasaron con presteza, con situaciones críticas de las que ocuparse, y tormentas, carestías y fracasos a los que aclimatarse, y confabulaciones que frustrar, y conspiraciones que perpetrar. Mournhold prosperó con paso firme. Su pueblo estaba seguro y alimentado, sus minas y granjas eran productivas. Todo iba bien -- salvo que el matrimonio real no había engendrado niños. Ningún heredero.

Los niños Élficos llegan lentamente, y la mayoría son bienvenidos -- y los niños nobles más que los demás. De ese modo pasaron muchas décadas antes de que aumentasen su preocupación.

“La fatalidad me persigue, Symmachus,” decía Barenziah amargamente. “Si quieres tomar otra...”

“No quiero a otra,” dijo Symmachus gentilmente, “en verdad no creo que la culpa sea tuya. Quizá es mia. Ai. Lo que sea. Buscaremos una cura. Si hay algún daño, seguramente que puede ser reparado.”

“¿Y eso? ¿Nos atreveremos a no confiar a nadie la historia real? Los juramentos de los sanadores no siempre se mantienen.”

“No importará si cambiamos el tiempo y las circunstancias un poco. Sea lo que sea lo que digamos o callemos, Jephre el Cuenta-cuentos nunca descansa. Las malas lenguas siempre están ocupadas extendiendo rumores y cotilleos.”

Los sacerdotes, sanadores y magos llegaron y se fueron, pero todas sus oraciones, pociones y bebedizos ni siquiera generaron una promesa de florecimiento, menos aún un simple fruto. Al fin y al cabo ellos lo impulsaban desde sus mentes y lo dejaban en las manos de los dioses. Aún eran jóvenes, como Elfos que eran, con siglos de vida por delante. Había tiempo. Con los Elfos siempre había tiempo.

Barenziah se sentó a cenar en el Gran Salón, dando vueltas a la comida del plato, aburrida e intranquila. Symmachus estaba fuera, llamado por el tataranieto de Tiber Septim, Uriel Septim. ¿O era su tatara-tataranieto? Había perdido la cuenta, en efecto. Sus rostros parecían difuminarse uno con el siguiente. Quizás debiera haber ido con él, pero lo hizo la delegación de Tear en un tedioso asunto que a pesar de todo requería un manejo delicado.

Un bardo cantaba en una alcoba fuera del salón, aunque Barenziah no lo estaba escuchando. En los últimos tiempos todas las canciones le parecían iguales, tanto nuevas como antiguas. Entonces un requiebro de la letra llamó su atención. Estaba cantando sobre libertad, aventura, sobre la liberación de Morrowind de sus cadenas. ¡Cómo te atreves, tú! Barenziah se levantó y se volvió para mirarle fijamente. Peor, ella se dio cuenta que estaba cantando sobre alguna antigua, y ahora intrandescente, guerra con los Nórdicos de Skyrim, enalteciendo el heroísmo de los Reyes Edward y Moraelyn y sus bravas Compañías. El relato era bastante antiguo, ciertamente, aunque la canción era nueva ... y su significado ... Barenziah no podía estar segura.

Un tipo osado, este bardo, pero con una fuerte y apasionada voz y un buen oído para la música. Bastante apuesto también, algo vulgar. No parecía ser de muy lejos, ni era muy joven. En realidad no podía tener menos de un siglo de edad. ¿Por qué no le había oído antes, o al menos oído hablar de él?

“¿Quién es?” inquirió a una doncella.

La mujer se encogió de hombros y dijo, “Se hace llamar el Ruiseñor, Milady. Nadie parece saber nada de él.”

“Invítale a hablar conmigo cuando haya acabado.”

El hombre llamado el Ruiseñor se presentó ante ella, agradecido por el honor de la audiencia con la Reina y el repleto bolso de monedas que le dio. Su conducta no era en absoluto temeraria, determinó, bastante tranquila y humilde. Era lo bastante rápido contestanto acerca de rumores de otros, pero no consiguió sacarle nada sobre él mismo -- eludía todas las preguntas con una réplica jocosa o un relato obsceno. Aunque éstos eran narrados con tal destreza que era imposible ofenderse.

“¿Mi verdadero nombre? Milady, no tengo nombre. No, no, mis padres me llamaban Know Wan (Saber Trasnochado)-- ¿o era No Buddy (No Amigo)? ¿Qué más da? No tiene importancia. ¿Cómo pueden unos padres dar nombre a lo que no conocen? ¡Ah! Creo que ese era el nombre, Know Not (No Conozco). He sido el Ruiseñor tanto tiempo que no recuerdo desde cuando, oh, desde el mes pasado como mínimo -- ¿o era la semana pasada? Toda mi memoria la dedico a mis canciones y relatos, como puede ver, Milady. No tengo a nadie. Realmente soy bastante torpe. ¿Dónde nací? Por qué, Knoweyr. Creo que me quedaré en Dun­roamin cuando llegue allí ... pero no tengo prisa.”

“Ya veo. ¿Y entonces se casará con Atallshur?”

“Muy perspicaz, Milady. Quizás, quizás. Aunque encuentro a Innhayst bastante encantadora también, a ratos.”

“Ah. ¿Va de flor en flor, entonces?”

“Como el viento, Milady. Voy de aquí para allá, del calor al frío, cual traje de ocasión. La ocasión es mi traje. Ninguna otra cosa me queda bien.”

Barenziah sonrió. “Quédese con nosotros un tiempo, entonces... si así lo desea, Milord Erhatick.”

“Como desee, Milady Bryte.”


Tras ese breve intercambio, Barenziah encontró su interés en la vida reavivado de alguna manera. Todo lo que parecía haberse echado a perder se volvió fresco y nuevo de nuevo. Acogía cada día con entusiasmo, esperando ansiosa su conversación con el Ruiseñor y el obsequio de su canción. A diferencia de los demás bardos, nunca le cantaba ensalzándola, ni a ella ni a ninguna otra mujer, sino sólo lo hacía sobre aventuras e intrépidas hazañas.

Cuando ella le interrogó sobre este tema, él dijo, “¿Qué mayor agasajo de vuestra belleza podríais vos pedir, Milady, que aquél que vuestro propio espejo os ofrece? Y si lo que deseáis son palabras, vos tenéis a los más grandes, mejores que un inexperto como yo. ¿Cómo podría yo competir con ellos, yo que no tengo más que una semana de vida?”

Por una vez estaban hablando en privado. La Reina, incapaz de dormir, había hecho llamar al bardo a sus aposentos para ver si su música podía tranquilizarla. “Eres un perezoso y un cobarde, más no albergo simpatía hacia tí.”

“Milady, para alabaros debo conoceros. Nunca puedo conoceros. Vos estáis envuelta en el enigma, en nubes de sortilegio.”

“No, no es así. Tus palabras son las que traman el sortilegio. Tus palabras... y tus ojos. Y tu cuerpo. Házmelo saber si lo deseas. Házmelo saber si te atreves.”

Entonces él se acercó a ella. Se pusieron uno junto al otro, se besaron, se abrazaron. “Ni siquiera Barenziah conoce en realidad a Barenziah,” susurró él con delicadeza, “¿así que cómo puedo yo? Milady, vos buscáis y no sabéis qué, ni siquiera para qué. ¿Qué deseáis que no tengáis ya?”

“Pasión,” contestó ella. “Pasión. Y niños fruto de la misma.”

“¿Y para sus hijos, qué? Qué derecho de nacimiento será el suyo?”

“La libertad,” dijo ella, “la libertad de ser lo que ellos deseen ser. Dime, tú que pareces sabio a éstos ojos y oídos, y el alma que llevan dentro. ¿Dónde puedo encontrar estas cosas?”

“Una se encuentra junto a tí, la otra debajo de tí. ¿Pero se atrevería a extender su mano, pudiendo quizá tomar lo que podría ser suyo, y de sus hijos?”

“Symmachus...”

“En mi persona se encuentra la respuesta a parte de lo que vos buscáis. Lo demás se encuentra escondido bajo nosotros en las minas de su mismo reino, que nos conferirán el poder de colmar y cumplir nuestros sueños. Lo usaron Eduardo y Moraelyn para liberar a Roca Alta y sus espíritus de la nefasta dominación de los Nórdicos. Si se utiliza apropiadamente, Milady, nadie puede enfrentarse a éllo, ni siquiera el poder que controla el Emperador. ¿Libertad, decís? Barenziah, la libertad proviene de las cadenas que os atan. Pensad en éllo, Milady.” La besó de nuevo, delicadamente, y se distanció.

“¿No te estarás yendo... ?” gritó ella. Su cuerpo le deseaba.

“Por ahora,” dijo él. “Los placeres de la carne no son nada comparado con lo que podríamos hacer juntos. Os dejaré pensar en lo que os acabo de decir.”

“No necesito pensar. ¿Qué hemos de hacer? ¿Qué preparativos se deben llevar a cabo?”

“Por qué -- ninguno. En las minas no se puede entrar libremente, es verdad. Pero con la Reina a mi lado, ¿Quién se opondrá? Una vez abajo puedo guiaros donde yace esta cosa, y sacarla de su lugar de reposo.”

Entonces el recuerdo de sus interminables estudios le caer en la cuenta. “El Cuerno de la Convocación,” murmuró sobrecogida. “¿Es cierto? ¿Podría ser? ¿Cómo lo sabes? He leído que está enterrado bajo las interminables cuevas de Daggerfall.”

“No, llevo estudiándolo mucho tiempo. Antes de morir el Rey Eduardo puso el Cuerno en las manos de su viejo amigo el Rey Moraelyn para que lo custodiase. Éste a su vez lo ocultó aquí en Mournhold bajo la protección del dios Ephen, cuyo lugar de nacimiento y bailiazgo es éste. Ahora vos sabéis que me ha costado más de un año y muchas millas recorridas descubrirlo.”

“¿Pero el dios? ¿Qué hay de Ephen?”

“Confiad en mí, Milady. Todo estará bien.” Riendo en silencio, le lanzó un último beso y se fue.


Por la mañana los guardias les dejaron pasar a través de los grandes pórticos que llevaban al interior de las minas, y más abajo. Con el pretexto de su acostumbrada inspección, Barenziah, sin más vigilancia que la del Ruiseñor, se aventuró caverna tras caverna subterránea. Finalmente alcanzaron lo que parecía una olvidada puerta sellada, y tras entrar encontraron que llevaba a una antigua parte de la mina, abandonada hacía mucho. La marcha era traicionera debido a que algunos de las viejas columnas se habían derrumbado, y tenían que hacerse paso a través de los escombros o encontrar un camino en torno a los montones de cascotes más intransitables. Depravadas ratas y enormes arañas pasaban corriendo de aquí para allá, a veces incluso les atacaban. Aunque no tuvieron problemas para deshacerse de ellas con los hechizos de flecha de fuego de Barenziah y la rápida daga del Ruiseñor.

“Hemos estado fuera demasiado tiempo,” dijo al rato Barenziah. “Estarán buscándonos. ¿Qué debería contarles?”

“Lo que os parezca,” rió el Ruiseñor. “Vos sois la Reina, ¿verdad?”

“Symmachus--”

“Ese campesino obedece a quienquiera que ostente poder. Siempre lo ha hecho y siempre lo hará. Nosotros tendremos el poder, amada Milady.” Sus labios eran como el más dulce de los vinos y su tacto era a la vez fuego y hielo.

“Ahora,” dijo ella, “tómame ahora. Estoy preparada.” Su cuerpo parecía zumbar. Todos los nervios y músculos tensos.

“Aún no. Aquí no, no de ésta manera.” Él señaló en rededor los viejos y polvorientos escombros y los hoscos muros de roca. “Sólo un poquito más de tiempo.” A regañadientes, Barenziah asintió con la cabeza. Continuaron la marcha.

“Aquí,” dijo él al fin, parándose ante una barrera de piedra. “Aquí yace.” Dibujó una runa en el polvo, y con la otra mano lanzó un hechizo.

El muro se disolvió. Reveló una entrada a algún antiguo santuario. En el centro había una estatua de un dios, con un martillo en la mano, suspendido sobre un yunque de adamantium.

“Por mi sangre, Ephen,” exclamó el Ruiseñor, “¡Te ordeno que despiertes¡ heredero de Moraelyn de Ebonheart soy, el último de la dinastía real, partícipe de tu sangre. ¡Por la severa necesidad de Morrowind, con todas las razas Élficas en temible peligro, concédeme la recompensa que custodias! Te lo ordeno, ¡golpea!”

Con su última palabra la estatua resplandeció y rápidamente, los ojos grises de piedra relucieron con un brillante color rojo. La maciza cabeza asintío, el martillo impactó en el yunque y se rompió en pedazos con un choque atronador, desmoronándose el propio dios de piedra. Barenziah puso las manos sobre los oídos y se agachó, temblando aterrorizada y lamentándose en voz alta.

El Ruiseñor saltó de una zancada arriesgadamente hacia delante y cogió la cosa que yacía entre las ruinas con un bramido de éxtasis. Lo levantó.

“¡Alguien viene!” gritó Barenziah alarmada, entonces se dio cuenta por vez primera de lo que él mantenía en alto. “¡Espera, eso no es el Cuerno, es -- es un bastón!”

“En efecto, Milady. ¡Vos véis correctamente al fin!” El Ruiseñor rió sonoramente. “Lo siento, dulce Milady, pero ahora he de dejaros. Quizás nos encontremos de nuevo algún día. Hasta entonces... Ah, hasta entonces, Symmachus,” dijo dirigiéndose a la figura ataviada con una cota de malla que apareció detrás suyo, “ella es toda tuya. Puedes quedártela.”

“¡No!” gritó Barenziah. Ella dio un salto y corrió hacia él, pero ya se había ido. Desapereció en un abrir y cerrar de ojos -- justo cuando Symmachus, espada en mano, le alcanzó. El filo sólo encontró aire. Entonces se detuvo, como si entendiese que aquel era el santuario de piedra del dios.

Barenziah no decía nada, no oía nada, no veía nada... no sentía nada...


Symmachus dijo a la más de media docena de Elfos que le acompañaban que el Ruiseñor y la Reina Barenziah se habían perdido, y habían sido atacados por arañas gigantes. Que el Ruiseñor había caído por una profunda hendidura que se cerró sobre él. Que su cuerpo no podía ser recuperado. Que la Reina había quedado afectada por el encuentro y lloraba profundamente la pérdida de su amigo, que había caído por defenderla. Tal era la presencia y poder de mando de Symmachus que los descuidados caballeros, ninguno había podido echar más que una ojeada de lo ocurrido, se convencieron de que todo ocurrió exactamente como les dijo.

La Reina fue escoltada de vuelta al palacio y llevada a sus aposentos, y entonces ella hizo irse a los sirvientes. Se quedó inmóvil ante su espejo durante largo rato, conmocionada, demasiado atolondrada incluso para llorar. Symmachus se quedó mirándola.

“¿Tienes alguna idea de lo que acabas de hacer?” dijo finalmente -- rotunda y fríamente.

“Debiste contármelo,” susurró Barenziah. “¡El Bastón del Caos! Nunca imaginé que estuviese aquí. Dijo él ” Un chillido de bebé se escapó de sus labios y se redobló en su desesperación. “Oh, ¿qué he hecho? ¿Qué he hecho? ¿Qué pasará ahora? ¿Qué será de mí? ¿De nosotros?”

“¿Le amabas?”

“¡Sí. Sí, sí, sí! Oh mi Symmachus, que los dioses se apiaden de mí, pero le amé. Sí. Pero ahora... ahora... No lo sé... No estoy segura... Yo...”

El gesto severo del rostro de Symmachus se atenuó levemente, sus ojos relucieron con una luz nueva y suspiró. “Ai. Eso es algo entonces. Conseguirás ser madre si está en mi mano. En cuanto al descanso -- Barenziah, mi amada Barenziah, me temo que has liberado una tormenta sobre nuestras tierras. Aún tardará un tiempo en llegar. Pero cuando llegue, la afrontaremos juntos. Como siempre hemos hecho.”

Entonces se reunió con ella, le quitó la ropa y la llevó a la cama. Sin pena ni nostalgia, su debilitado cuerpo respondió a su fornido marido como nunca lo había hecho antes, vertiendo todo lo que el Ruiseñor había despertado a la vida en ella. Y de esta forma calmando los inquietos fantasmas de todo lo que él había destruido.


Ella estaba vacía, y vaciada. Y entonces la llenó un niño que germinó y creció en su vientre. A medida que su hijo florecía en sus entrañas, así lo hacían sus sentimientos hacia el paciente, leal y entregado Symmachus, quién había arraigado una larga amistad y un cariño inquebrantable -- y quién ahora, al fin, maduraba en la plenitud del amor verdadero. Ocho años después fueron bendecidos de nuevo, esta vez con una niña.


Justo después de que el ruiseñor robase el Bastón del Caos, Symmachus envió comunicados secretos y urgentes a Uriel Septim. No había ido él mismo, como habría hecho normalmente, optando en cambio por quedarse con Barenziah durante su periodo fértil para hacerle un hijo. Por ésto, y por el robo, sufrió el temporal disgusto y la sospecha injusta de Uriel Septim. Se enviaron espías en busca del ladrón, pero el Ruiseñor parecía haberse desvanecido por donde había venido -- dondequiera que fuese.

“En parte Elfo Oscuro, quizás,” dijo Barenziah, “pero también algo de humano, creo, oculto. No habría llegado a fecundar tan rápido si no es así.”

“Parte de Elfo Oscuro, seguro, y de un antiguo linaje Ra'athim además, si no no habría sido capaz de liberar el Bastón.” concluyó Symmachus. Se volvió para mirarla fijamente. “No creo que se hubiese acostado contigo. Como Elfo que era no se hubiese atrevido, pues entonces no podría haberte dejado.” Sonrió. Entonces se tornó serio de nuevo. “¡Ai! Él sabía que el Bastón yacía allí, no el Cuerno, y que debía teleportarse a un lugar seguro. Ese Bastón no es un arma que pueda utilizarse con lucidez, como el Cuerno. ¡Ruega a los dioses que al menos no lo tenga! Parece que todo fue como él esperaba -- ¿pero cómo lo sabía? Yo mismo coloqué el Bastón allí, con la ayuda de uno de los últimos del Clan Ra'athim que ahora es rey de Ebonheart como recompensa. Tiber Septim reclamó el Cuerno, pero dejó el Bastón para que fuese custodiado. ¡Ai! Ahora el Ruiseñor puede usar el Bastón para sembrar semillas de disputa y desunión por dondequiera que vaya, si lo desea. Aunque eso sólo no le hará ganar poder. Eso se consigue con el Cuerno y la habilidad para usarlo.”

“No estoy segura de que sea poder lo que el Ruiseñor busca,” dijo Barenziah.

“Todos buscamos poder,” dijo Symmachus, “cada uno a nuestra manera.”

“Yo no,” contestó ella. “Yo, Milord, he encontrado lo que buscaba.”