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Morrowind:La Reina Loba, Libro III

De Teswiki

La Reina Loba, Libro Tres
por Waughin Jarth


De puño y letra del sabio del primer siglo de la tercera era Montocai:

Año 98 3E El Emperador Pelagius Septim II murió unas semanas antes de que acabase el año, en día 15 de la Estrella Vespertina durante el festival de la Plegaria del Viento del Norte, lo cual se consideró como un mal presagio para el Imperio. Había gobernado durante unos difíciles diecisiete años. Con objeto de llenar las insolventes arcas del Imperio, Pelagius había disuelto el Antiguo Consejo, forzando a sus componentes a recomprar sus puestos. Varios buenos pero pobres consejeros se perdieron. Muchos dicen que el Emperador murió como consecuencia de ser envenenado por un vengativo ex-miembro del Consejo.

Sus hijos fueron para asistir a su funeral y la coronación del nuevo Emperador. Su hijo más joven el Príncipe Magnus, de diecinueve años, llegó de Almalexia, donde había sido consejero de la corte real. El Príncipe Cephorus de 21 años de edad llegó de Gilane con su prometida Guardia Roja, la Reina Bianki. El Príncipe Antiochus de 43 años, el mayor y supuesto heredero, se había quedado con su padre en la Ciudad Imperial. La última en aparecer fue su única hija, Potema, la llamada Reina Loba de Solitude. Con treinta años y radiante de belleza, ella llegó con un magnífico séquito, acompañada por su esposo, el entrado en años Rey Mantiarco y su hijo de un año, Uriel.

Todos esperaban que Antiochus heredase el trono del Imperio, pero ninguno había tenido en cuenta a la Reina Loba.


Año 99 3E “Lord Vhokken ha estado trayendo varios hombres a las habitaciones de vuestra hermana muy entrada la noche todos los días de esta semana,” afirmó el Maestro Espía. “Quizás si su marido fuera advertido de éllo --”

“Mi hermana es una devota de los dioses conquistadores Reman y Talos, no de la diosa del amor Dibella. Ella está conspirando con esos hombres, no teniendo orgías con ellos. Apostaría que he dormido con más hombres que ella,” rió Antiochus, y entonces se puso serio. “Ella está detrás de la demora del consejo para ofrecerme a mí la corona, lo sé. Ya son seis semanas. Dicen que necesitan actualizar archivos y prepararse para la coronación. ¡Yo soy el Emperador! ¡Que me coronen, y a la Inconsciencia con las formalidades!”

“Vuestra hermana seguramente no es vuestra amiga, su majestad, pero hay otros factores que hay que barajar. No olvidéis cómo trató vuestro padre al Consejo. Son ellos los que tienen que continuar con vuestra coronación, y si es necesario, se les convence a la fuerza,” Añadió el Maestro Espía, con una sugerente cuchillada de su daga.

“Así sea, pero vigila a la detestable Reina Loba también. Sabes dónde encontrarme.”

“¿En qué burdel, su alteza?” inquirió el Maestro Espía.

“Hoy es Fredas, Estaré en el Gato y el Goblin.”

El Maestro Espía advirtió en la vigilancia de esa noche que la Reina Potema no tuvo visitantes, pues estuvo cenando en el Jardín Imperial del Palacio Azul con su madre, la Viuda Emperatriz Quintilla. Era una noche cálida para ser invierno y sorprendentemente despejada aunque el día había sido tormentoso. El saturado suelo no podía absorber más agua, con lo que a los formales y estructurados jardines parecían como si les hubiesen glaseado con el líquido elemento. Las dos mujeres cogieron su copa de vino para disfrutar de la vista desde el amplio balcón.

“Creo que estás intentando sabotear la coronación de tu medio hermano,” dijo Quintilla, sin mirar a su hija. Potema vió cómo los años no habían arrugado a su madre tanto como la habían decolorado, como el sol hace con una piedra.

“No es cierto,” dijo Potema. “¿Pero si fuese verdad os molestaría mucho?”

“Antiochus no es hijo mío. Tenía once años cuando me case con vuestro padre, y nunca llegamos a conectar. Creo que ser el supuesto heredero ha impedido su desarrollo. Es lo bastante mayor como para tener una familia con hijos adultos y todavía pasa todo el tiempo de bacanal y fornicación. No será un buen Emperador,” Quintilla suspiró y después se volvió hacia Potema. “Pero es malo para la familia que se siembren semillas de desagrado. Es fácil dividirnos en facciones, pero muy difícil unirnos de nuevo. Temo por el futuro del Imperio.”

“Eso suena como las palabras... ¿estáis, por casualidad, muriendo, madre?”

“He leído los presagios,” dijo Quintilla con una lánguida e irónica sonrisa. “No lo olvides... Era una renombrada hechicera en Camlorn. Moriré en unos meses, ni un año más tarde tu esposo también morirá. Sólo lamento que no viviré para ver a tu hijo Uriel ocupar el trono de Solitude.”

“¿Habéis visto si... ” Potema se detuvo, no queriendo revelar demasiado sus planes, incluso a su agonizante madre.

“¿Si será Emperador? Sí, también sé la respuesta a eso, hija. No temas: vivirás para ver la respuesta, de una forma u otra. Tengo un regalo para él cuando sea mayor de edad,” La Viuda Emperatriz se quitó un collar con una única y gran gema amarilla del cuello. “Es una gema de alma, imbuida con el espíritu de un gran hombre lobo que tu padre y yo abatimos en combate hace treinta y seis años. La he encantado con hechizos de la Escuela de Ilusión de manera que su portador pueda hechizar a quienquiera que elija. Una habilidad importante para un rey.”

“Y un emperador,” dijo Potema, cogiendo el collar. “Gracias, madre.”

Una hora después, a través de las ramas negras de los esculpidos arbustos douad, Potema advirtió una oscura figura, que se desvaneció en las sobras bajo los aleros del edificio cuando se acercó. Había notado a gente siguiéndole antes: era uno de los peligros de la vida en la corte Imperial. Pero este hombre estaba muy cerca de sus habitaciones. Se puso el collar alrededor de su cuello.

“Sal donde pueda verte,” ordenó.

El hombre surgió de las sombras. Un oscuro hombrecillo de mediana edad vestido con una piel de cabra teñida de negro. Sus ojos estaban fijos, ateridos bajo su hechizo.

“¿Para quién trabajas?”

“El Príncipe Antiochus es mi señor,” dijo con una voz mortecina. “Soy su espía.”

Planeó algo. “¿Está el Príncipe en su estudio?”

“No, milady.”

“¿Y tú tienes acceso?”

“Sí, milady.”

Potema sonrió abiertamente. Ya le tenía. “Muéstrame el camino.”

La mañana siguiente, la tormenta reapareció con toda su furia. El golpeteo de la lluvia en las paredes y el techo atormentaba a Antiochus, que acababa de descubrir que ya no tendría por más tiempo su juvenil inmunidad a una larga noche de abundante bebida. Dió un fuerte empellón a la puta Argoniana que compartía su cama.

“Sé útil y cierra la ventana,” refunfuñó.

Casi al instante de haber echado el cerrojo a la ventana alguien llamó a la puerta. Era el Maestro Espía. Sonrió al Príncipe y le dió una lámina de papel.

“¿Qué es esto?” dijo Antiochus, entornando los ojos. “Todavía debo estar borracho. Parece orco.”

“Creo que lo encontraréis de utilidad, su majestad. Vuestra hermana está aquí para veros.”

Antiochus consideró si hacer que se vistiese o mandar fuera a su concubina, pero se lo pensó mejor. “Hazla pasar. Dejemos que se escandalice.”

Si Potema se escandalizó, no lo mostró. Envuelta en seda naranja y plateada, entró en la habitación con una sonrisa triunfante, seguida por el hombre-montaña, Lord Vhokken.

“Querido hermano, hablé con mi madre anoche, y me puso al corriente de todo. Dijo que no debía enfrentarme a tí en público, por el bien de nuestra familia y el Imperio. Por tanto,” dijo ella, sacando del embozo de su túnica un pedazo de papel. “Te estoy ofreciendo una opción.”

“¿Una opción?” dijo Antiochus, devolviéndole la sonrisa. “Eso suena amistoso.”

“Renuncia a tus derechos sobre el trono Imperial voluntariamente, y no habrá necesidad de que le muestre ésto al Consejo,” dijo Potema, pasándole la carta a su hermano. “Es una carta con tu sello y dice que sabías que tu padre no era Pelagius Septim II, sino el mayordomo real Fondoukth. Ahora, aunque niegues haber escrito la carta, no puedes rebatir los rumores, ni que el Consejo Imperial creerá que tu padre, el viejo estúpido, era lo bastante tonto como para que le pusiesen los cuernos. Si es verdad o no, o si la carta está falsificada o no, el escándalo que generaría malograría tus opciones de ser el Emperador.”

La cara de Antiochus se había puesto blanca de rabia.

“No temas, hermano,” dijo Potema, quitándole la carta de sus temblorosas manos. “Velaré para que tengas una vida muy confortable y todas las putas que tu corazón o cualquier otro órgano de tu cuerpo desee.”

De repente Antiochus soltó una carcajada. Miró a su Maestro Espía y guiñó el ojo. “ Recuerdo cuando forzaste la cerradura de mi escondite de material erótico Khajiita y me chantajeaste. Eso fue hace casi veinte años. Ahora tenemos mejores cerraduras, lo habrás notado. Te debe haber frustrado que no pudieses utilizar tus propias habilidades para conseguir lo que querías.”

Potema simplemente sonrió. No importaba. Le tenía en sus manos.

“Debes haber hechizado a mi sirviente aquí presente para que te condujese hasta mi estudio para usar mi sello,” Antiochus sonrió burlonamente. “¿Un hechizo, quizás, de tu madre, la bruja?”

Potema siguió sonriendo. Su hermano era más listo de lo que ella pensaba.

“¿Sabías que tales hechizos, incluso los más poderosos, no duran demasiado? Por supuesto que no lo sabías. Nunca fuiste muy hábil para la magia. Déjame decirte que a fin de cuentas un generoso salario es una motivación más fuerte para mantener a un sirviente, hermana,” Antiochus sacó su propia hoja de papel. “Ahora te ofrezco una opción yo a tí.”

“¿Qué es eso?” dijo Potema, flaqueándole la sonrisa.

“Parece una tontería, pero si sabes lo que estás buscando, está muy claro. Es un papel muy práctico... tu escritura intentando parecerse a la mía. Es un buen don el que tienes. Me pregunto si no has hecho esto antes, imitando la letra de otra persona. Tengo entendido que fue encontrada una carta de la difunta esposa de tu marido diciendo que su primer hijo era un bastardo. Me pregunto si escribiste tú esa carta. Me pregunto, si mostrase la evidencia de tu don a tu esposo, ¿él creería que tú escribiste esa carta?. En el futuro, querida Reina Loba, no utilices la misma trampa dos veces.”

Potema sacudió la cabeza, furiosa, incapaz de hablar.

“Dame tu falsificación y vete a dar un paseo bajo la lluvia. Y después, avanzado el día, aborta cualquier otra estratagema que tengas para apartarme del trono.” Antiochus miró fijamente a los ojos de Potema. “Seré el Emperador, Reina Loba. Ahora vete.”

Potema le dio a su hermano la carta y salió de la habitación. Por unos momentos, fuera en el zaguán, no dijo nada. Simplemente miraba ferozmente las gotas de agua de lluvia chorreando por la pared de mármol de una diminuta e imperceptible gotera.

“Sí, lo serás, hermano,” dijo ella. “Pero no por mucho tiempo.”