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Morrowind:La Reina Loba, Libro VI

De Teswiki

La Reina Loba, Libro Seis
por Waughin Jarth


De puño y letra de Inzolicus, Sabio del Segundo Siglo:

Año 120 3E

La Emperatriz Kintyra Septim II de quince años de edad, hija de Antiochus, fue coronada el tercer día de la Primera Semilla. Sus tíos Magnus, Rey de Lilmoth, y Cephorus, Rey de Gilane, estuvieron presentes, pero su tía, Potema, la Reina Loba de Solitude, había sido deportada de la corte. Una vez de vuelta en su reino, la Reina Potema empezó a orquestar la rebelión, que iba a ser conocida como la Guerra del Diamante Rojo. Todos los aliados que había hecho durante los años de los reyes y nobles descontentos unieron sus fuerzas contra la nueva Emperatriz.

Los primeros ataques contra el Imperio fueron completamente exitosos. Por todo Skyrim y la septentrional Roca Alta, el ejército Imperial se encontró bajo asedio. Potema y sus fuerzas se extendieron a lo largo y ancho de Tamriel como una plaga, incitando motines e insurrecciones por todos los lugares que pasaban. El otoño de ese año, el leal Duque de Glenpoint en la costa de Roca Alta envió una petición urgente de refuerzos del Ejército Imperial, y Kintyra, para motivar la resistencia contra la Reina Loba, capitaneó ella misma las tropas.


Año 121 3E “No sabemos donde están,” dijo el Duque, profundamente avergonzado. “He enviado exploradores por toda la región. Sólo puedo presumir que se hayan retirado hacia el norte tras oír la llega de vuestras tropas.”

“Odio decirlo, pero estaba esperando una batalla,” dijo Kintyra. “Me gustaría insertar la cabeza de mi tía en una clava y desfilar con ella por todo el Imperio. Su hijo Uriel y su ejército están justo en la frontera de la Provincia Imperial, burlándose de mí. ¿Cómo son capaces de tener tanto éxito? ¿Son tan buenos en combate o hacen que mis súbditos realmente me odien?”

Estaba cansada tras muchos meses de lucha a través del fango del otoño y del invierno. Cruzando las Montañas Cola de Dragón, sus tropas casi se metieron en una emboscada. Una ventisca de nieve en la normalmente cálida Baronía de Dwynnen fue tan inesperada e intensa que debió ciertamente ser lanzada por uno de los magos aliados de Potema. Doquiera se volviese, sentía la influencia de su tía. Y entonces, su oportunidad de enfrentarse a la Reina Loba a la postre se había frustrado. Era casi más de lo que podía aguantar.

“Es pánico, puro y simple,” dijo el Duque. “Esa es su mejor arma.”

“Necesito saber algo,” dijo Kintyra, anhelando que por puro deseo ella pudiese ocultar en su voz el pánico del que hablaba el Duque. “Has visto el ejército. ¿Es cierto que ella ha invocado una tropa de guerreros no-muertos a sus órdenes?”

“No, a decir verdad, no es cierto, aunque ciertamente ella fomenta esos rumores. Los ataques de su ejército por la noche, en parte por razones estratégicas y en parte para infundir temores como ese. No tiene, por lo que yo sé, más ayuda sobrenatural que los convencionales magos de combate y cuchillas oscuras de cualquier ejército moderno.”

“Siempre por la noche,” dijo reflexivamente Kintyra. “Supongo que eso es para ocultar cuantos son.”

“Y para poner sus tropas en posición antes de que nosotros nos demos cuenta” añadió el Duque. “Es la maestra del ataque furtivo. Cuando oigáis un avance hacia el este, podéis estar segura de que ya está encima vuestro proveniente del sur. Pero escuchad, discutiremos todo ésto mañana por la mañana. He preparado las mejores habitaciones del castillo para vos y vuestros hombres.”

Kintyra se sentó en sus aposentos del torreón y con la luz de la luna y una simple candela de grasa animal, escribió una carta a su prometido, Lord Modellus, en la Ciudad Imperial. Esperaba casarse con él ese verano en el Palacio Azul el cual su abuela Quintilla había adorado tanto, pero la guerra podía no permitirlo. Mientras escribía, se quedó mirando fijamente por la ventana el patio de abajo y los castigados y deshojados árboles del invierno. Dos de sus guardias se quedaron en las almenas, a varios pies de distancia el uno del otro. Igual que Modellus y Kintyra, pensó ella, y procedió a plasmar la metáfora en la carta.

Alguien llamó a la puerta e interrumpió su poesía.

“Una carta, su majestad, de Lord Modellus,” dijo el joven mensajero, dándole la nota.

Era corta, y la leyó rápidamente antes de que el mensajero tuviese oportunidad alguna de retirarse. “Algo me desconcierta. ¿Cuándo escribió él ésto?”

“Hace una semana,” dijo el mensajero. “Dijo que era urgente que la trajese hasta aquí mientras él movilizaba al ejército. Imagino que ya se habrán marchado de la Ciudad.”

Kintyra dio permiso al mensajero para que se retirase. Modellus decía que había recibido una carta suya, pidiendo urgentemente refuerzos para la batalla en Glenpoint. Pero no había batalla alguna en Glenpoint, incluso acababa de llegar ese mismo día. ¿Entonces quiénes imitaron su letra, y por qué querrían que Modellus trajese un segundo ejército de la Ciudad Imperial a Roca Alta?

Sintiendo un escalofrío debido al aire nocturno proveniente de la ventana, Kintyra fue a cerrar el pestillo. Los dos guardias de las almenas se habían ido. Se recostó con el sonido lejano de una pelea detrás de uno los árboles sin hojas, y no oyó la puerta abrirse.

Cuando se dió la vuelta, vió a la Reina Potema y a Mentin, el Duque de Glenpoint, en la habitación con una hueste de guardias.

“Te mueves silenciosamente, tía,” dijo tras un instante de pausa. Se volvió al Duque. “¿Qué te ha hecho cambiar en lo que respecta a tu lealtad al Imperio? ¿El miedo?”

“Y el oro,” dijo simplemente el Duque.

“¿Qué habéis hecho con mis tropas?” preguntó Kintyra, tratando de mirar con firmeza a Potema a la cara. “¿Tan pronto ha acabado la lucha?”

“Todos tus hombres están muertos,” sonrió Potema. “Pero no ha habido lucha alguna, sino simplemente una silenciosa y eficiente masacre. Habrá combates más adelante, contra Modellus en las Montañas Cola de Dragón y contra los vestigios del Ejército Imperial en la Ciudad. Te enviaré informes regulares sobre el progreso de la guerra.”

“¿De manera que voy a ser retenida aquí como vuestra rehén?” preguntó Kintyra, con rotundidad, repentinamente consciente de las piedras y la gran altura de la habitación del torreón. “¡Condenados, miradme! ¡Soy vuestra Emperatriz!”

“Míralo de esta manera, te estoy salvando de ser una gobernante de quinta categoría para ser una mártir de primera clase,” dijo Potema guiñándo el ojo. “Pero comprendo que no quieras darme las gracias por éllo.”