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Morrowind:La Reina Loba, Libro VIII

De Teswiki

La Reina Loba, Libro Ocho
por Waughin Jarth


De puño y letra de Inzolicus, Sabio del Segundo Siglo:

Año 127 3E Ulterior a la Batalla de Ichidag, el Emperador Uriel Septim III fue capturado y, antes de que pudiesen llevarle al castillo de su tío en el reino de Gilane de Hammerfell, se encontró con la muerte a manos de una multitud enfurecida. Su tío, Cephorus, fue después de eso proclamado emperador y cabalgó a la Ciudad Imperial. Las tropas anteriormente leales al Emperadro Uriel y su madre, la Reina Loba Potema, se unieron al nuevo Emperador. A cambio de su apoyo, la nobleza de Skyrim, Roca Alta, Hammerfell, la Isla Summerset, el Bosque de Valen, el Pantano Negro, y Morrowind demandaron y recibieron un nuevo nivel de autonomía e independencia del Imperio. La Guerra del Diamante Rojo llegaba a su fin.

Potema siguió luchando una batalla perdida, su área de influencia era cada vez más y más pequeña hasta que sólo el reino de Solitude permaneció bajo su poder. Ella invocó daedra para que luchasen a su lado, hizo que sus nigromantes resucitasen a sus enemigos caídos como guerreros no-muertos, y montó ataque tras ataque contra las tropas de sus hermanos, el Emperador Cephorus Septim I y el Rey Magnus de Lilmoth. Sus aliados empezaron a abandonarla a medida que crecía su locura, y sus únicos compañeros eran los zombis y los esqueletos que había acopiado a través de los años. El reino de Solitude se convirtió en una región de muerte. Historias de la antigua Reina Loba con doncellas esqueléticas y descompuestas a su servicio y tramando planes de guerra con generales vampíricos aterrorizaba a sus súbditos.


Año 137 3E Magnus abrió la pequeña ventana de su habitación. Por vez primera en semanas, oyó los ruidos de una ciudad: carretas chirriando, caballos paseando por las calles de adoquines, y en algún lado un niño riendo. Sonrió mientras volvía junto a la cama para lavarse la cara y acabar de vestirse. Alguien llamó a la puerta con fuerza.

“Entra, Pel,” dijo.

Pelagius entró en la habitación. Era obvio que había estado despierto muchas horas. Magnus estaba maravillado por su energía, y se preguntaba cuanto durarían las batallas si fuesen capitaneadas por chicos de veinte años.

“¿Mirasteis ya ahí afuera?” preguntó Pelagius. “¡Todos los habitantes de la ciudad han vuelto! ¡Hay tiendas, y un Gremio de Magos, y abajo por el puerto, ví un centenar de tiendas llegar de todas partes!”

“No tienen por qué tener miedo por más tiempo. Nos hemos ocupado de todos los zombis y fantasmas que solían ser sus vecinos, y saben que no hay peligro si vuelven.”

“¿El tío Cephorus va a convertirse en zombi cuando muera?” preguntó Pelagius.

“Yo ni siquiera lo pensaría,” rió Magnus. “¿Por qué lo preguntas?”

“Oí a algunas personas decir que estaba viejo y enfermo,” dijo Pelagius.

“No es tan viejo,” dijo Magnus. “Tiene sesenta años. Sólo tiene dos años más que yo.”

“¿Y cuántos años tiene la Tía Potema?” preguntó Pelagius.

“Setenta,” dijo Magnus. “Y sí. sí es vieja. Si tienes más preguntas tendrán que esperar. Tengo que ver al comandante ahora, pero podemos hablar en la cena. ¿Puedes mantenerte ocupado y no meterte en ningún problema?”

“Sí, señor,” dijo Pelagius. Comprendió que su padre tenía que seguir manteniendo el asedio sobre el castillo de Potema. Una vez tomado el castillo y apresada ella, dejarían la posada para ocupar el castillo. Pelagius no tenía ansias por éllo. La ciudad entera tenía un agradable, dulce y adormecido olor, aunque él no podía siquiera acercarse al foso defensivo del castillo sin taparse la cara debido al hedor. Podían poner un millón de flores allí y no habría diferencia alguna.

Caminó por la ciudad durante horas, comprando algo de comida y después algunas cintas para su hermana y su madre para cuando volviesen a Lilmoth. Pensó para quién más necesitaba comprar regalos y se quedó perplejo. Todos sus primos, los hijos del Tío Cephorus, el Tío Antiochus, su primo Uriel, habían muerto durante la guerra, algunos de ellos en combate y los demás durante la carestía debido a que se quemaron demasiados cultivos. La Tía Bianki había muerto el año anterior. Sólo quedaban él, su madre, su hermana, su padre, y su tío el Emperador. Y la Tía Potema. Pero en realidad ella no contaba.

Cuando encontró el Gremio de Magos por la mañana temprano, decidió no entrar. Esos sitios siempre le asustaban con su extraño humo, cristales y libros viejos. Esta vez, a Pelagius se le pasó por la cabeza que podría comprar un regalo a su Tío Cephorus. Un recuerdo del Gremio de Magos de Solitude.

Una anciana tenía problemas para abrir la puerta principal, así que Pelagius la abrió para ella.

“Gracias,” dijo ella.

Era fácilmente la cosa más vieja que había visto nunca. Su cara parecía una vieja y podrida manzana enmarcada con una enmarañada cabellera de pelo blanco y brillante. Él instintivamente se apartó de su nudosa garra cuando ella empezó a darle palmaditas en la cabeza. Pero había una gema alrededor de su cuello que inmediatamente le fascinó. Era una simple y brillante joya amarilla, pero casi parecía que había algo atrapado en su interior. Cuando la luz de las velas incidió en la joya, presentó la forma de una bestia de cuatro patas, andando.

“Es una gema de alma,” dijo ella. “Imbuida con el espíritu de un gran demonio hombre lobo. Fue encantada hace mucho, mucho tiempo con el poder de hechizar a la gente, pero he estado pensando en meterle otro hechizo. Quizás alguno de la Escuela de Alteración como Cerradura o Escudo.” Se detuvo y miró al chico cuidadosamente con sus ojos amarillentos y legañosos. “Me resultas familiar, chico. ¿Cómo te llamas?”

“Pelagius,” dijo él. Lo normal es que hubiese dicho “Príncipe Pelagius,” pero le habían dicho que no llamase la atención mientras estuviese en la ciudad.

“Yo conocí a alguien llamado Pelagius,” dijo la anciana, y sonrió lentamente. “¿Estás aquí solo, Pelagius?”

“Mi padre está... con el ejército, asaltando el castillo. Pero volverá cuando hayan abierto una brecha en los muros.”

“Lo que me atrevería a decir que no tardará en ocurrir demasiado,” suspiró la anciana. “Nada, no importa lo bien construido que esté, tiende a conservarse. ¿Vas a comprar algo en el Gremio de Magos?”

“Quería comprar un regalo para mi tío,” dijo Pelagius. “Pero no sé si tengo el oro suficiente.”

La anciana dejó al chico inspeccionando los artículos en venta mientras que fue a ver al encantador del Gremio. Era un joven Nórdico, ambicioso, y nuevo en el reino de Solitude. Le costó algo de persuasión y un montón de oro convencerle para que quitase el hechizo de fascinación de la gema de alma e imbuirla con una poderosa maldición, un veneno lento que absorbería la cordura de su portador año a año hasta que él o ella perdiesen la razón por completo. También adquirió un anillo barato de resistencia al fuego.

“Por tu amabilidad con una anciana, te he comprado esto,” dijo ella, dándole al chico el collar y el anillo. “Puedes darle el anillo a tu tío, y dile que está encantado con un hechizo de levitación, de manera que si alguna vez necesita saltar desde lugares altos le protegerá. La gema de alma es para tí.”

“Gracias,” dijo el chico. “Pero esto es demasiado amable por tu parte.”

“La amabilidad no tiene nada que ver con esto,” contestó ella, con bastante honestidad. “Ya ves, yo estuve en la Sala de Archivos del Palacio Imperial una o dos veces, y leí algo sobre tí en las predicciones de los Antiguos Pergaminos. Tú serás el Emperador un día, hijo mío, el Emperador Pelagius Septim III, y con esta gema de alma para guiarte, serás recordado para la posteridad por tus hazañas.”

Con estas palabras, la anciana desapareció callejón abajo por detrás del Gremio de Magos. Pelagius la siguió con la mirada, pero no pensó en buscarla detrás de un montón de piedras. Si lo hubiese hecho, hubiese encontrado un túnel subterráneo que conectaba la ciudad con el corazón del Castillo de Solitude. Y si se hubiese adentrado en el pasadizo hasta el castillo, hubiese encontrado, pasados los no-muertos andando arrastrando los pies y los restos desmoronados de un grandioso palacio, la alcoba de la reina.

En esa alcoba, habría encontrado a la Reina Loba de Solitude descansando, escuchando los ruidos del desplome del castillo. Y habría visto una desdentada sonrisa burlona aparecer en su rostro mientras daba su último respiro.

De puño y letra de Inzolicus, Sabio del Segundo Siglo:

Año 137 3E Potema Septim murió tras un mes de largo asedio a su castillo. Mientras vivió, fue la Reina Loba de Solitude, Hija del Emperador Pelagius II, Esposa del Rey Mantiarco, Tía de la Emperatriz Kintyra II, Madre del Emperador Uriel III, y Hermana de los Emperadores Antiochus y Cephorus. A su muerte, Magnus nombró a su hijo, Pelagius, como el gobernante de Solitude, bajo la guía del consejo real.

Año 140 3E El Emperador Cephorus Septim murió tras caerse de su caballo. Su hermano fue proclamado como el Emperador Magnus Septim.

Año 141 3E Pelagius, Rey de Solitude, es recordado como el “ocasionalmente excéntrico” en los Anales Imperiales. Se casó con Katarish, Duquesa de Vvardenfell.

Año 145 3E El Emperador Magnus Septim fallece. Su hijo, que será conocido como Pelagius el Loco, es coronado.