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Morrowind:Palla, Libro II

De Teswiki

Palla
Libro II
por Vojne Mierstyyd


Palla. Pal La. El nombre ardía en mi corazón. Me encontré a mi mismo musitándolo en mis estudios incluso cuando trataba de concentrarme en algo que estuviese diciendo el Gran Maestro. Mis labios se entreabrían silenciosamente para pronunciar el “Pal,” y la lengua daba un ligero roce para formar el “La” como si estuviese besando su espíritu delante de mí. Era locura en todos los sentidos excepto porque sabía que era locura. Sabía que estaba enamorado. Sabía que era una noble Guardia Roja, una feroz guerrera más bella que las estrellas. Sabía que su joven hija Betaniqi había adquirido un palacete cerca del Gremio, y que me gustaba, quizás incluso estaba locamente enamorado. Sabía que Palla había luchado contra una bestia terrible y la había matado. Sabía que Palla estaba muerta.

Como digo, sabía que era locura, y por eso, sabía que no podía estar loco. Pero también sabía que debía volver al palacio de Betaniqi para ver la estatua de mi amada Palla enzarzada en esa final, horrible y fatal lucha con el monstruo.

Volver es lo que hice, una y otra y otra vez. Era Betaniqi un diferente tipo de mujer noble, más cómoda con sus iguales, no habría tenido demasiadas oportunidades. En su inocencia, inconsciente de mi obsesión enfermiza, recibía con agrado mi compañía. Hablábamos horas y horas, riendo, y cada vez que dábamos un paseo siempre me paraba sin resuello ante la escultura de su madre.

“Es una maravillosa tradición la que tienes, conservar estas figuras de tus antepasados en sus mejores momentos,” Dije, sintiendo sus curiosos ojos clavados en mí. “Y la destreza artística no tiene parangón.”

“No me creerías,” rió la chica. “Pero fue algo escandaloso cuando mi abuelo inició la costumbre. Nosotros los Guardias Rojos profesamos una gran veneración a nuestras familias, pero somos guerreros, no artistas. Él contrató un artista nómada para crear las primeras estatuas, y todo el mundo las admiró hasta que se reveló que el artista era un elfo. Un Altmer de la Isla Summerset.”

“¡Escándalol!”

“Lo fue, absolutamente,” asintió seriamente con la cabeza Betaniqi. “La idea de que las manos de un pomposo y avieso elfo hubiese dado forma a estas figuras de nobles guerreros Guardias Rojos era inconcebible, profana, irreverente, todo lo malo que puedas imaginar. Pero el corazón de mi bisabuelo formaba parte de la belleza de éllo, y su filosofía de usar lo mejor para honrar al mejor nos convenció a todos. Ni siquiera hubiese considerado que un artista menor crease las estatuas de mis padres, ni aún siendo más leal a mi cultura.”

“Son todas exquisitas,” Dije.

“Pero la que más te gusta es la de mi madre,” sonrió ella. “Te veo mirarla incluso cuando parece que estás mirando las demás. También es mi favorita.”

“¿Podrías contarme más acerca de ella?” pregunté, tratando de mantener un tono trivial y coloquial.

“Oh, ella habría dicho que no era nada extraordinaria, pero lo era,” dijo la chica, cogiendo una flor del jardín. “Mi padre murió cuando yo era muy joven, y ella tuvo que asumir demasiadas funciones, pero las hizo todas sin esfuerzo alguno. Tenemos una gran cantidad de intereses comerciales y ella era brillante a la hora de administrarlo todo. En verdad mejor que lo hago yo ahora. Todo lo que necesitaba era una sonrisa y todo el mundo obedecía, y aquellos que no lo hacían pagaban un alto precio. Era muy ingeniosa y seductora, pero poseía una fuerza formidable cuando surgía la necesidad de luchar. Cientos de batallas, aunque nunca recuerdo un momento de desatención o falta de cariño. Literalmente pensaba que era demasiado fuerte como para morir. Estúpida, ahora lo sé, pero cuando fue a luchar contra esa... esa horrible criatura. esa monstruosidad del laboratorio de un mago loco, ni siquiera pensé jamás que no fuese a volver. Era amable con sus amigos e implacable con sus enemigos. ¿Qué más se puede decir sobre una mujer?”

Los ojos de la pobre Betaniqi se llenaron de lágrimas por el recuerdo de su madre. ¿Qué clase de villano era yo espoleándola tanto, para satisfacer mis deseos pervertidos? Sheogorath nunca podría haber confundido a un hombre mortal más que a mí. Me encontraba a la vez apenado y lleno de deseo. Palla no sólo parecía una diosa, sino que por la historia de su hija, lo era.

Aquella noche mientras me desvestía para acostarme, redescubrí el disco negro que había robado de la oficina del Gran Maestro Tendixus semanas antes. Casi había olvidado su existencia, ese misterioso artefacto nigromántico con el cual el mago creía que podía resucitar un amor muerto. Casi por puro instinto, me encontré colocando el disco en mi corazón y susurrando, “Palla.”

Un momentáneo helor invadió mi habitación. Mi respiración se suspendía en el aire en una neblina antes de disiparse. Asustado dejé caer el disco. Pasó un tiempo hasta que volvió mi razón, y con éllo la ineludible conclusión: el artefacto podía cumplir mi deseo.

Hasta las primeras horas de la mañana, intenté liberar a mi amada de las cadenas de la Inconsciencia, pero no pude. No era un nigromante. Pensé cómo pedir ayuda a uno de los Grandes Maestros, pero recordé como el Gran Maestro me había pedido que lo destruyese. Me expulsarían del Gremio si me presentaba ante ellos y se encargarían de destruir el disco. Y con él, mi única llave para traer conmigo a mi amada.

Estuve en mi usual estado semi letárgico el día siguiente en las clases. El Gran Maestro Ilther disertaba sobre su especialidad, la Escuela de Encantamiento. Era un orador tedioso con una voz monótona, pero de repente sentí como si todas las sombras hubiesen desaparecido de la habitación y me encontrase en un palacio de luz.

“Cuando la mayoría de la gente piensa en mi ciencia particular, piensan en el proceso de la invención. Imbuir encantamientos y hechizos en objetos. La creación de una espada mágica, quizás, o un anillo. Pero el encantador diestro es también un catalizador. La misma mente que puede crear algo nuevo puede también suscitar mayor poder de algo viejo. Un anillo que puede generar calor para un novicio, en manos de tal talento puede calcinar un bosque.” El hombre gordo se rió entre dientes: “No es que esté apoyando eso. Dejémoslo para la Escuela de Destrucción.”

Esa semana a todos los iniciados se nos pidió que eligiésemos un campo de especialización. Todos se sorprendieron cuando le di la espalda a mi hasta entonces favorita, la escuela de Ilusión. Me parecía ridículo que alguna vez hubiese tenido afición por tales hechizos superficiales. Todo mi intelecto estaba ahora enfocado en la Escuela de Encantamiento, el medio por el cual podía liberar el poder del disco.

Durante meses después de eso, apenas dormí. Unas cuantas horas a la semana las pasaba con Betaniqi y mi estatua para conseguir fuerza e inspiración. El resto de mi tiempo lo pasaba con el Gran Maestro Ilther o sus ayudantes, aprendiendo todo lo que podía acerca del encantamiento. Ellos me enseñaron cómo probar los niveles más profundos de la magia en el interior de un objeto vinculado.

“Un simple hechizo lanzado una vez, no importa con qué maestría o espectacularidad, es efímero, del presente, que existe en el momento y no más,” suspiró el Gran Maestro Ilther. “Pero colocado en un hogar, se revela como una energía casi viva, madurando y sazonando con sólo el roce de las manos inexpertas que lo esgrimen. Debes pensar que eres un minero, excavando profundamente para sacar el mismo corazón del oro.”

Cada noche cuando el laboratorio cerraba, yo practicaba lo que había aprendido. Podía sentir mi poder crecer y con él, el poder del disco. Susurrando “Palla,” ahondé en el artefacto, sintiendo cada leve muesca que marcaba las runas y cada faceta de las piedras preciosas. A veces estaba tan cerca de ella que sentía sus manos tocando las mías. Pero algo oscuro y bestial, la realidad de la muerte supongo, siempre se abría paso en el emerger de mi sueño. Con él llegaba un agobiante olor a podrido del cual los iniciados de las habitaciones próximas a la mía empezaron a quejarse.

“Algo debe haberse arrastrado bajo las tablas del entarimado y haberse muerto,” propuse con poca confianza.

El Gran Maestro Ilther elogió mis progresos, y me permitió usar su laboratorio fuera de las horas de estudio para ahondar en mis estudios. Aunque no importaba lo que aprendía, pues Palla parecía estar poco más cerca. Una noche, todo acabó. Yo estaba meciéndome en un profundo éxtasis, gimiendo su nombre, con el disco aferrado contra mi pecho, cuando un repentino relámpago a través de la ventana rompió mi concentración. Un vendaval de furiosa lluvia bramó sobre Mir Corrup. Fui a cerrar los postigos y cuando volví a mi mesa me encontré con que el disco se había hecho pedazos.

Rompí a llorar histéricamente y después a reir. Era demasiado para mi frágil mente soportar tal pérdida tras tanto tiempo y estudio. El día siguiente y el día después, lo pasé en la cama, ardiendo de fiebre. Si no hubiese estado en un Gremio de Magos con tantos sanadores probablemente habría muerto. Lo que pasó es que fui de una gran utilidad para el estudio de los jóvenes y futuros eruditos.

Cuando por fin estaba lo bastante bien como para andar fui a visitar a Betaniqi. Ella estaba fascinante como siempre, y nunca hizo un sólo comentario sobre mi apariencia, que debía ser espantosa. Finalmente le di razones para preocuparse cuando cortés pero firmemente rehusé dar un paseo con ella por el estanque.

“Pero si te encanta mirar las estatuas,” exclamó ella.

Sentí que le debía la verdad y mucho más. “Querida dama, amo algo más que a las estatuas. Amo a tu madre. Ella es todo en lo que he sido capaz de pensar durante meses, incluso desde el momento en que tú y yo le quitamos la sábana a la bendita escultura. No sé lo que pensarás de mí ahora, pero he estado obsesionado en aprender cómo traerla de vuelta de la muerte.”

Betaniqi me miró con los ojos muy abiertos. Finalmente habló: “Creo que tienes que irte ahora. No sé si esto es una broma de mal gusto... ”

“Créeme, desearía que así fuese. Ya ves, he fracasado. No sé por qué. No puede ser que mi amor no fuese lo bastante fuerte, porque ningún hombre experimentó un amor más fuerte. Quizás mis habilidades como encantador no son magistrales, pero no fue por falta de estudio” Podía sentir como elevaba el tono y supe que estaba empezando a vocear, pero no podía controlarme. “Quizás el fallo sea que tu madre nunca me conoció, aunque creo que sólo se tiene en cuenta el amor del lanzador en el hechizo nigromántico. ¡No sé lo que fue! ¡Quizás esa horrible criatura, el monstruo que la mató, lanzase alguna clase de maldición sobre ella en su último aliento de vida! ¡Fracasé! ¡Y no sé por qué!”

Con un sorprendente despliegue de velocidad y fuerza para una dama tan pequeña, Betaniqi me empujó. Gritó, “¡Fuera!” y yo salí por la puerta.

Antes de que cerrase la puerta de un portazo, le brindé mis patéticas disculpas: “Lo siento tanto, Betaniqi, pero ten en cuenta que quería traer a tu madre de vuelta contigo. Es una locura, lo sé, pero sólo hay una cosa que es cierta en mi vida y es que amo a Palla.”

La puerta apenas acababa de cerrarse cuando la chica abrió una rendija para preguntar trémulamente: “¿Que amas a quién?”

“¡A Palla!” grité a los Dioses.

“Mi madre,” susurró coléricamente. “Se llamaba Xarlys. Palla era el monstruo.”

Sólo Mara sabe el tiempo que estuve con la mirada fija en la puerta cerrada, y después inicié el largo camino de vuelta al Gremio de Magos. Mi memoria buscó en las nimiedades de la noche de los Cuentos y los Sebos de hacía tanto tiempo cuando contemplé por primera vez la estatua, y oí por vez primera el nombre de mi amada. Ese iniciado Bretón, Gelyn, había hablado. Estaba detrás de mí. ¿Estaba nombrando a la bestia y no a la dama?

Volví la solitaria esquina que se cruza con las afueras de Mir Corrup, y una larga sombra se alzó del suelo donde había estado sentada, esperándome.

“Palla,” gemí. “Pal La.”

“Bésame,” berreó.

Y eso lleva mi historia hasta el presente. El amor es rojo, como la sangre.